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Este es el hermano mayor de todos los banenses, aunque sea un niño eterno. De tanto recorrer nuestros espacios, se sabe de memoria estas tierras, este pedazo de cielo, esta manera de vivir. Llegó de repente, para cumplir su cometido de trasladar productos hasta el embarcadero, y se quedó para siempre, para poblar y protagonizar el imaginario de los banenses.

Dicen que una vez un maquinista lo tomó prestado para darle una sorpresa a su novia. Me imagino la cara de la enamorada cuando descubrió el rostro amado entre el vapor que despedía la pequeña locomotora, pequeña a los ojos de hoy, pero enorme y casi inexplicable para aquellos primeros habitantes de La Ensenada.

Con el tiempo, El Panchito ha recorrido varios espacios de la ciudad y encontró su sitio en la plaza En los tiempos, de esta ciudad. Allí lo miran los visitantes, le sonríen las viejecitas, lo acaricia el viento, ese que antes le zumbaba en los oídos y hoy les trae las noticias frescas de los campos que en otros tiempos eran su señorío. A veces no entiende los cambios, o se pone a rememorar cuando se cultivaba de otra forma, cuando otras eran las gentes, otras las realidades, otros los saberes. En ocasiones quisiera poder correr hasta allá, para volver a saludar el mar, para beberse de un sorbo la campiña, para ver todo el verde que tanto extraña.

Pero el tiempo ha pasado y su lugar está ahí, en reposo, pero corriendo en los sueños de los pequeños banenses que siguen añorando subir en ese hermano mayor de todos, que nos sabe de memoria, que es testigo mudo de nuestra historia.



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