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Era un solar enyerbado, donde incluso hasta en ocasiones se acumulaban los desechos. Un buen día, el barrio descubrió un cambio. Poco a poco fueron surgiendo canteros, y el milagro ancestral de la tierra dando a luz, se produjo. Una historia que, aunque se repite en varios rincones de Cuba, es para mi cercana, pues mi barrio es el escenario, y un vecino que me ha visto crecer, su protagonista.

“El solar es de un vecino,” me cuenta. “Estaba lleno de escombros, de basura. Yo decidí hablar con él y me permitió utilizarlo para sembrar. Así comencé poco a poco, primero acondicionar el terreno, luego hacer los canteros, garantizar la instalación del agua para el riego. Y claro, a sembrar. Poco a poco el lugar fue cambiando, los vecinos comenzaron a ver la transformación.”
Felipe Mora Silva amanece en su parcela. Recibe el sol regando sus plantas, mirándolas en silencio, como si les hiciera algún conjuro para la buena cosecha.

“Ya hemos cogido maíz, yuca, calabaza, boniato, tomate, ¡hasta remolacha! Tengo de todo, hasta una siembra de ají, bastante grande. Esto es para el barrio, sin cobrar nada, a nadie le cobro. Lo he hecho con buena fe, y me siento muy orgulloso de mi pedacito de tierra.”

“Yo soy campesino, nací en el campo y toda la vida he sembrado. Como no tengo tierra, vivo aquí en la ciudad, pues aprovecho este pedacito, que bien administrado, mira cuántas cosas nos ha dado ya. Díaz Canel, el presidente de nosotros, dijo que donde quepa una mata, hay que sembrarla, y eso es lo que estoy haciendo.”

“Estamos en un período malo, esta pandemia vino a acabar con nosotros, y nosotros tenemos que enfrentarnos, y luchar para poder vivir. Además, los precios están muy elevados, sembrando evitamos tener que pagar esos precios.”

“Esto lleva dedicación, y mirar la siembra, porque dicen que la vista del amo engorda al caballo y yo siempre estoy mirándola, y cuando sale una mala hierba la arrancó, y así.”

“Los vecinos están contentos, orgullosos, saben que esto es para ellos también. Ellos mismos me cuidan el solar, le llaman la atención a alguien que entre sin permiso, y es que es de ellos, si necesitan el ají, o la mazorquita de maíz, yo se los doy, no tengo que cobrarles nada. Yo me siento feliz, porque estoy ayudando a mi barrio.”

“Los niños de la cuadra ya se están interesando. Aquí viene Samuel, el hijo del vecino de la esquina, y me ayuda, y conversa conmigo, me pregunta. Así yo me entretengo mientras trabajo, y él aprende. Los demás también son así, han aprendido a cuidar las plantas que voy sembrando, porque en otros pedacitos de tierra de otras casas he sembrado también, y a los niños que antes me estropeaban las maticas cuando iban naciendo, les he explicado, y ya las cuidan, las ven crecer. Y van aprendiendo.”

“Se siente orgulloso uno cuando ve el fruto de su trabajo,” dice con una sonrisa, y agrega, ” me acuerdo cuando saqué las yucas, eran pocas, sólo 50 matas, pero comimos todos, y cuando tú arrancas la mata y tú ves que tiene 15 o 20 yucas, ¡qué orgulloso te pones! Porque la tierra da, si tú la atiendes, ella da sus frutos.”

Desde hace miles de años, el ser humano contempla extasiado el nacimiento de los frutos que cosecha de la tierra. Una labor de amor, paciencia y esfuerzo que tiene uno de sus ejemplos aquí en Banes, en calle capitán Juan Sierra, de la mano de Felipe.

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