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Se aprende de los momentos brillantes, eternos, deslumbrantes, momentos que ponen el decoro de muchos hombres a relucir entre sus contemporáneos. Se aprende de los grandes héroes, de las grandes batallas, de las epopeyas victoriosas. Pero también, e incluso más, se puede sacar enseñanzas de jornadas oscuras, de controversias y errores, de miedo e incomprensiones.

Como mismo el padre cuenta una y otra vez sus extravíos, como muda esperanza de que su hijo no los repita, así la historia debe ser escudriñada, tanto en la gloria como en el fracaso. En la gloria, para desandar caminos victoriosos; en el fracaso, para sortear escollos que fueron fatales a los que nos antecedieron. Triste aquel día del Zanjón, triste y húmedo como lluvia inoportuna. Descomunal la tristeza que, como la bruma en la madrugada, cubrió poco a poco los campamentos mambises, contagiando a los valientes con una melancolía inexplicable.

Se acababa el sueño, se los arrebataban. No sabían qué hacer las huestes heroicas ante el desacuerdo de sus jefes, resonaban voces coléricas, uno y otro bando tensaba una cuerda amarrada al cuello de la independencia.

Hambriento acechaba el enemigo, y supo aprovechar el desconcierto, la desunión, el orgullo desmedido, la poca visión de la jefatura cubana para desbrozar la hojarasca de lo verdaderamente trascendente. Mordió traidor el alma cansada de la Guerra Grande, y puso en negro sobre blanco una paz maldita. Los batallones fruncían el ceño ante la posibilidad de que la gesta libertaria muriera sin lograr uno solo de sus objetivos primigenios.

Apretada al corazón la escarapela tricolor, los ojos de Céspedes y Agramonte adivinados entre la niebla, los cubanos vieron entregar su libertad sin poder hacer nada. La disciplina imponía silencio. Un silencio mortal que llevarían al exilio, enredado en las costillas, y pasarían décadas antes de que fuera extirpado otra vez.

¿Qué nos deja el Zanjón? Contemplar el dolor de una Isla al pasar de los siglos, recordar que no eran ángeles alados aquellos mambises cansados, sucios, hambrientos, que doblegaron un ejército regular, sino hombres, hombres con virtudes y defectos, hombres que amasaron la historia patria tanto con la miel de sus aciertos, como con el lodo de sus equivocaciones.

 Al Zanjón volvió Martí, a la hora de preparar la Guerra Necesaria, para evitar errores, definir cuestiones de principio, allanar las cumbres escarpadas de temperamentos fuertes puestos a parir naciones. Al Zanjón hay que volver, para recordar cómo una certeza puede volverse agua y sal si no se defiende con uñas y dientes, y con corazón, pero sobre todo, con cerebro. Al Zanjón, y a tantas otras debacles debería regresar Cuba, para no olvidar que el Sol tiene ciertas manchas, que es necesario eliminar a su tiempo.

De la lobreguez del Zanjón nació la centella de Baraguá. De allí, de sus hombres, en su mayoría buenos, y patriotas, sólo que equivocados, debemos aprender.

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