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La verdad es que no sé cómo llamarte, si por el nombre, por el epíteto o por ese apodo tan universal. De tantas maneras te me has presentado. Te veo de niño, con un suéter claro y el pelo sobre los ojos, en una revista Bohemia especial que mi mamá conservaba. Te me apareces en la carátula del regalo de los 10 años, el diario con dedicatoria especial de mis padres.

Te veo en los pulóveres, casi siempre demasiado caros, en las gorras y las billeteras, en los tatuajes de los amigos.

Me sorprendes en la escena de la película aquella, que se graba en la memoria como el cochecito del acorazado Potemkin, esa donde los gendarmes rompen altavoces que dejan oír que aquí se queda la clara, la entrañable transparencia, y uno se apaga y otro comienza.

Te veo en las pañoletas y las manos alzadas, gritado a voz en cuello como contraseña de triunfo. Te veo enamorado, familiar, tierno, escribiendo cartas que son sueños de cualquier jovencita enamorada. Como cuando le dijiste a Aleida que “si sientes algún día la violencia impositiva de una mirada, no te vuelvas, no rompas el conjuro, continúa colando mi café y dejáme vivirte para siempre en el perenne instante”.

Te recuerdo en la historia del amigo que se ganó tu nombre como premio, por sacar las mejores notas de la escuela.

¿Cómo te llamo si me asaltas, como en la canción de Frank Delgado, para protegerme y alarme las orejas si algún día me olvido de ti?

¿Cómo te cuento esto que nos ha pasado? ¿Cómo te cuento la historia de la epidemia, de los miles de muertos, de los millones de enfermos en el mundo, de Cuba sacando fuerzas de flaqueza, del palpitar de un país en un solo corazón que estallaba a las nueve de la noche? A ti, que eres médico. A ti, que no conociste el miedo.

Pero en realidad ya sé el resultado de esta carta. En primera, porque si escogieras donde estar, estarías sobrevolando a Cuba. Y en segunda, porque después del relato, me mirarías con ojos kordianos y me dirías:

– ¿Y tú? ¿Qué has hecho tú?

Y yo te respondería:

-No quedó un cubano que no batallara, Ché. Ni uno solo.

Y tú nos regalarías la sonrisa más hermosa del mundo.

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