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Quizás usted busque la inmensidad del héroe en las cosas sublimes, en las grandes intervenciones, en las decisiones de impacto mundial. Quizás rebusque entre discursos, reflexiones, libros, entrevistas dónde está la magia, el secreto, lo inasible. Y tal vez crea que lo logra, pero se equivoca. Comprobará su error de pie ante la piedra que guarda sus restos, rodeada de tanto mármol y tanta estatua fastuosa en la necrópolis de Santa Ifigenia. Allí verá la sencillez de la tumba, y buscará concordancia con epítetos y distinciones. No la encontrará. La verdadera dimensión del héroe está en las manos callosas que revuelven la caja de los recuerdos familiares, y revelan, entre las fotos en blanco y negro de niños con bucles, graduaciones de antaño y fiestas familiares junto a los diplomas escolares de los nietos, la medalla de Angola del abuelo, el certificado de licenciada de la sobrina, la foto simple de Fidel. Fidel en la pared, junto a la ampliación de los quince. Fidel en la mesita de la sala, entre el cenicero y el ramo de flores. Fidel en los recortes de periódicos que guarda la abuela para cuando los pidan en la escuela.

Esa es la verdadera esencia del Alejandro nuestro. El latido verdadero que es más fuerte allí donde es más querido, allí donde todavía duele. Su paso por los grandes salones mundiales es inolvidable. Su paso por las almas cubanas, indispensable. El solo rostro del novio de todas las niñas, que fue luego padre, hermano, abuelo de todos y todas, valió para que el cubano se mirara al espejo y dijera: “yo valgo, no soy un pequeño montón de polvo que esparce el viento. Soy. Valgo. Puedo. Pertenezco”. Él nos enseñó que podíamos. Que nos merecíamos más. Ya en aquella clarinada en Santa Ana arropó su nombre al corazón de Cuba. Palpitó con él. En 1959, con la paloma blanca en el hombro izquierdo, ya Fidel era más que el símbolo. Era la viva imagen de la esperanza, de la seguridad, del consuelo. Así es hasta hoy. Más que un jefe de Estado, más que Comandante en Jefe, más que el presidente, el amigo querido poseedor de todas las respuestas. La verdadera dimensión del hombre está con su gente. Latiendo junto a Cuba.

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