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El anciano me abrazó y se me estremeció el alma. Se sentó allí, flaquito, como siempre, quizás más, y sonrió. Allí estábamos todos, mirándolo con cariño y con respeto. “Hoy sombra de mi…”, de seguro pensamos muchos, pero volvió a sonreír. Y comenzó la clase…

Gustavo lo sabe todo. Como si estuviera en activo. Cada tema, cada arista, cada enfoque. Y muerto de la risa, entre la anécdota que saca carcajadas, te lanza todos los regaños del mundo. Que las entrevistas están largas. Que se llega a la monotonía. Que se tiene que caminar para buscar la noticia. Que hay que tener cuidado con el tratamiento al reordenamiento monetario. Que entonces y ahora es lo mismo: ahora pedimos tecnología, multimedialidad y trabajo en las redes; antes, pedían hojas, lapicero, grabadoras de cinta. El motivo igual: trabajar mejor.

“¿Te acuerdas cuando te llevé a la casa de abuelos, a comparar las elecciones de antes con las de ahora? Era un mandato, estábamos en un proceso eleccionario,” le dice a los demás. “Llegué y le dije a mi niña, ¡hazlo tú!”, agrega y me mira con ternura. “Mi niña”, me dice. No se imagina que ese día su niña aprendió más periodismo que en cinco años de carrera y diecipico de profesión. Luego, la última pulla, la más dolorosa. La que nos recuerda que no sólo el 14 de marzo él es imprescindible.

Sirva la Jornada de la Prensa para recordar y homenajear a los que abrieron nuestro camino, a los dignos, a los honorables, a los periodistas del corazón afuera que nos hicieron a quienes somos hoy. A ellos, y a mi papá Gustavo, gracias.

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