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Las lágrimas de mami fueron mi primer contacto con el Che. Recuerdo el rostro demudado viendo el descenso de los restos del héroe por la escalerilla del avión. Lloré entonces por imitación y por cercanía.

No sé qué ha tenido este “proceso” que tiene dos relatos, el que recoge la historiografía, plagada del “debe ser” y la que construyó la gente, inoculando en cada hecho su propia historia de vida. Así la guerra en la Sierra Maestra entra en el recuerdo de la mano con el nacimiento de una prima, la boda o el “cuando yo vivía alquilada en el barrio tal”. El principio de la Revolución viene condimentado con las colas del inicio del racionamiento o los primeros pininos de la FMC o el CDR. Los héroes, lo mismo.

El Che, como los otros, tiene lugar en la altura del símbolo y en la cercanía de la casa común. Del Che se habla en cubano. Es más, al Che “se le habla”.

Imaginar qué hubiese pasado si no hubiese existido ese día en la Quebrada del Yuro fue un pasatiempo habitual para mi generación. Llevarlo a todas partes, prendido de la ropa, guardado en la cartera, colgando del llavero, adornando los forros de la libreta era común. Para muchos, aún lo es.

El Che sigue significando la perfección que nos falta, la ansiedad por superar el Yo que nos lastra y edificar el Nosotros. El Che se levanta como paradigma de lo que queremos ser y construir. Y sigue llegando a los niños cubanos de la mano de una madre o una abuela, que dice emocionada: Este es el Che. Es lindo, ¿verdad?

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