Hambre de ciudad

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Si pudiera escoger, brillarías. Tendrías las calles anchas sin cicatrices, las aceras limpias, las tuberías sanas. Si pudiera escoger, los edificios se despedirían de la humedad y la herrumbre, y la desidia se sacudiría de las ramas de los flamboyanes.

Si pudiera elegir, serías un carnaval eterno, una fiesta incesante, tus parques estarían cantados por trovadores, el cine dominara las noches, y el mismo ser extraño que horada la poesía, se desdoblaría lustroso de sudor tras los golpes de la conga. En mis sueños, la diferencia es la magia indispensable, y se rinden honores a los viejos de La Güira, y se escuchan las historias de los viejos de Honduras, y se edificaría con ladrillos amasados de ayer, y cuajados de mañana.

No eres ya el poblado adormecido de las tardes de techos de tejas. Ya no tienes laureles perfumando los días. Pero se te adivina en el olor de las mañanas en el café de abuela, necesariamente semejante al que a los poetas les despierta el hambre de ciudad. Se te descubre como un cambio de luces, con el Martí solitario y silencioso de la entrada como santo y seña. A veces he pensado que la sola función de ese Martí es esa misma: mirar. Mirarnos.

Y es que salvarte es tan difícil. Ya eres casi una anciana y no te cansas. Te piensan sin fuerzas y moribunda, y cuando no eres más que una simple mácula en la distancia, la añoranza muerde como un perro el corazón de los lejanos, esos que, sobresaltados, hacen una pausa entre las luces y el camino, y escuchan brevemente, como un quejido roto: Yo te amo, ciudad.

Mira que hemos luchado todos por arrancarte. Al final era en vano. Eres castigo y salvación de los que quedamos, eres ancla y memoria para los que partieron. Cada uno de los que se fue amarró un hilo del alma a un banco del parque, y por largo que sea el ovillo, el origen está allí.

Si pudiera escoger, serías diferente, pero sé que tus canas y tus arrugas son fruto de los que has dado a luz, de la historia y el tiempo, de los que fuimos y somos demasiado cobardes como para morir por ti.

Sé que sonríes en las noches enamoradas, sé que eres la misma niña que se subía a la luna para ver desde lo alto la ciudad que crece. Sé que eres la muchacha que se bañaba desnuda en El Chorrerón, sé que los campos te corren por las venas, que las campanas de El Panchito y de la Loma eran latidos de tu propio corazón. Sé que estas cargada de salitre y cansancio y con la mirada y el pelo salpicados de esperanza.

Si pudiera escoger, brillarías. Y lo haces, de ese modo tan tuyo. Y simplemente te amo como se aman las madres, como se ama la luna, como se aman los ríos.

Nutricia, te diría Excilia.

 Yo te digo: Por Siempre.

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