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¿Qué se entiende por hombre o mujer? ¿Qué es el sexo biológico y cómo se expresa? ¿Será que existe solo una manera de ser o lo uno o lo otro? Interrogantes como éstas salen todos los días a la palestra pública en cualquier parte del mundo, y son asumidas en el debate partiendo de las realidades concretas de cada país.

El nuestro, Cuba, desde los general hasta la particularidad de nuestro municipio, nuestro barrio o nuestra casa, está marcado por siglos de tradiciones y normas sociales, que para algunos  son adecuados y están validados por la experiencia de generaciones, y para otros son muestra de maneras arcaicas de pensar y se sustentan sobre la base de prejuicios que poco o nada le han aportado a la sociedad.

En una investigación realizada por el Centro de Estudios de la Mujer, donde se profundizó en cómo veían los jóvenes la igualdad de género, se pudo dilucidar que los cambios de mentalidad, hijos de los tiempos que corren, han hecho que la construcción tradicional de lo que es ser hombre o mujer se vaya poco a poco transformando en la práctica, o sea, que los roles establecidos socialmente para los distintos géneros se mezclan y se confunden unos con otros.

Ya la mujer no es solo la frágil florecita destinada a la casa o a trabajos finos y delicados, ni el hombre es el rudo proveedor de sostén económico, cabeza de familia que impone respeto con su sola presencia, al que se debe respetar y obedecer.

Sin embargo, aunque se van conformando concepciones de la vida basadas en nuevas experiencias y condicionadas por nuevos contextos, las cuales pueden entrar en contradicción o no con las costumbres y tradiciones, hoy coexisten quienes apuestan por una nueva validación de lo que es ser mujer u hombre, con otros que aceptan como única verdad lo que tradicionalmente se enseña que es ser hembra o varón.

El tema sobrepasa el simple análisis de quién lava, plancha o trabaja en la calle. A niveles subconscientes, hay mujeres liberadas social y económicamente, que en la familia repiten una y otra vez esquemas patriarcales. Los hombres que apuestan por ser un compañero más que un dueño o un “jefe de manada”, se enfrentan a que la sociedad los mire como raros e incluso “débiles”. La mujer que se resiste a someterse a designios socialmente aceptados como la maternidad, el matrimonio, la obediencia a la pareja, sabe que será criticada y juzgada por vecinos y vecinas, miembros femeninos y masculinos de su familia, de la cuadra de atrás y hasta de su centro laboral.

Cuesta darse cuenta de que cualquier opción ante la vida es precisamente eso, una opción que tomamos o no, y que la nuestra debe ser respetada. Al fin y al cabo, el respeto a la diferencia es básico para mantener la sociedad actual. No todos los hombres tienen que ser fuertes, ni mujeriegos, ni tomadores, ni jugadores de dominó, y no por eso son menos hombres.

Por extraño que parezca a la mentalidad cubana, no todas las mujeres tienen por qué querer ser madres, algo que se está convirtiendo en una tendencia actual que, si se asume conscientemente, es tan válida como cualquier otra. Sin embargo, en la práctica, en el día a día, poco ha cambiado esta realidad. Quienes se atrevan a ser distintos, tienen que cubrirse de fuerza de voluntad, amor propio y ganas de enfrentarse al mundo por defender sus propias decisiones. Educar a nuestros hijos en el respeto a lo diverso es vital para que ellos, algún día, tomen sus propias decisiones, a tono con sus experiencias, su carácter, su manera de vivir. Ya lo decía Benito Juárez, el respeto al derecho ajeno, es la paz.

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