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Y un mal día, comenzaron a morir. Morían cada vez más y cada vez más cerca. Ya no eran sólo números en la tele y el rostro del doctor Durán encallecido por el dolor. Entonces era gente que dolía, claro, pero no tenía rostro ni nombre, ni se le había mirado o conocido. Pero un mal día, la muerte se acercó demasiado. Y tuvimos miedo.

Se fueron profesores, los padres de los amigos, los vecinos. Se fueron madres de gente querida. Se fueron dos ancianitos, esposos ellos, con dos días de diferencia. Se fue aquel muchacho médico, por el que todo Holguín palpitaba, y al que ni su condición de galeno pudo salvar. Un mal día la muerte tenía rostro y nombre y olor y ojos y sonrisa. Y comenzamos a temer por los vivos. Por los de las terapias intensivas. Por el hermano de la amiga. Por el hijo de la doctora. Por el papá, el abuelo, la tía debatiéndose entre la vida y la muerte. Sufrimos por ellos. Por ellos pedimos.

Y en las redes surgieron los grupos de donación de medicamentos, y la gente publicaba los rostros llorosos y las súplicas: “cuídense”, “cuídense todos”. Protejan a los niños. A los ancianos. A las embarazadas. No salgan sin razón. No se aglomeren. Así decían los rostros del dolor. Los que lastimaban. Los que nadie quería tener.

Así contaré a mis nietos esta etapa de la pandemia en Cuba. La que yo viví. Será una historia triste, claro, tendrá momentos de terror, de enorme sufrimiento, de ingentes sacrificios. Habrá lágrimas. Claro que las habrá. Y habrá también páginas de heroísmo, y de amor, y de solidaridad.

Y espero sinceramente que tenga un final feliz. Espero que cada uno de nosotros, en su fuero interno, mirándonos fijamente en el espejo familiar, decidamos sobrevivir. A costa de lo que sea. Que con rabia y con furia nos aferremos a la vida. A la de nuestra gente. Que decidamos salvarnos y salvar a todos los que podamos, porque un ser que se protege, es uno menos que parte.

De uno en uno salvemos la vida. Cada cual en la intimidad de su casa, salvando a su familia. Hasta que millones de esfuerzos sean un país a salvo. Un país en salud. Que ya habrá tiempo para todo y todos. Que hoy hay que vivir.

Espero que mi historia tenga un final de sonrisas y alivio. De amanecer sereno luego del vendaval. Que mis nietos se marchen a jugar, pensando que la abuela siempre está en sus cosas, y que no debió ser tan grave. Que entonces yo mire el fondo de una gaveta y allí esté, casi olvidada, la última mascarilla que recuerde el desastre. Que haya valido la pena.

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