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Igualdad y equidad no es lo mismo. La primera se refiere a equiparar derechos y oportunidades para cada persona por igual. La segunda parte de la circunstancia del individuo, de manera tal que se ponderen sus potencialidades y se subsanen sus carencias.

Con la igualdad, todos tenemos derecho a optar por un beneficio con las mismas condiciones. Con la equidad, se analizan a quienes optan por ese beneficio y se conocen sus condiciones reales. Para llevarlo a la práctica, debemos salirnos del esquema establecido y llegar a la base. Así, un programa que establece la entrega, digamos, de un colchón a una familia necesitada, firmado desde un buró, busca la igualdad. Todos podemos tener el colchón. La equidad llega hasta lo que realmente necesita el individuo, pues algunos precisarán el colchón, otros, las sábanas, pues ya tendrán ese artículo en buen estado, y otros necesitarán el colchón, las sábanas… y hasta la cama. La equidad busca resolver el problema real partiendo de él y no de generalizaciones casi siempre erradas.

Buscar la equidad debe ser la preocupación de los cubanos, principalmente de esos que por azares de la vida o decisión popular hoy ocupan cargos definitorios en el establecimiento de políticas sociales. Ejemplos sobran, agravados por la escasez que nos obliga a repartir lo poco entre muchos, de manera tal que a veces por mucho que se reparta no es suficiente. Pero apartarse de la situación real solo ofrece soluciones a medias, que a la larga serán creadoras de otras problemáticas.

Por sólo dar una muestra, por qué no hablar del proyecto que beneficia a las madres con tres o más hijos y que tiene como fin potenciar la natalidad en una nación francamente envejecida, aunque son muchas más las aristas a tomar en cuenta para lograr que las mujeres quieran parir más. La economía, la primera.

Sin embargo, el referido programa es una oportunidad envidiable para tomar decisiones de cara a la equidad. Esas familias, numerosas lógicamente, no tienen  todas las mismas necesidades, pues quizás algunas tengan su vivienda amplia y necesite reparación, techo nuevo o ampliación. Otros requerirán de una casa nueva o muebles. Otros no tendrán nada y necesitarán una intervención más profunda, más completa. Sin ir más lejos, el número de habitaciones, básico para una familia por ejemplo, de 7 u 8 miembros, debe ser valorado, pues mejorar las condiciones del hacinamiento no resuelve el hacinamiento, que es el problema principal. Quizás no lo entiendan así los afectados, pero quienes asumen la tarea deben guiarse por el sentido común, tratando de acercar las posibilidades lo más que se pueda a la resolución de las situaciones que afectan a las personas.

No solamente a niveles de entidades y gubernamentales se da esa situación, también en la cotidianeidad doméstica vemos los ejemplos. Definir con equidad las necesidades de cada miembro de la familia implica tomar en cuenta las capacidades reales de niños y ancianos, por ejemplo, para acceder a los espacios físicos. Posibilita determinar las posibilidades académicas de nuestros hijos para brindarles la atención que necesitan en realidad, que no tiene por qué ser igual.

Ampliando el concepto un poco más, llegaríamos a tratar personalizadamente a los alumnos de un aula con una adecuación para las capacidades y resultados, donde los talentosos reciban estímulos según su nivel, los de rendimiento normal sean motivados a elevarlo y los que aprenden con un ritmo diferente reciban la motivación necesaria.

No siempre la igualdad a ultranza, partiendo de normas establecidas con buenas intenciones, pero lejos de la realidad, nos lleva a la justicia, que según Martí, conquistaremos los cubanos.

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