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En las últimas jornadas, el llamado al cumplimiento estricto del ingreso domiciliario ha estado presente en las intervenciones del Director Municipal de Salud en Banes. Cada mañana, el esperado doctor Nelson insiste en la necesidad de acatar las normas, aun cuando admite que está modalidad no ha brindado los resultados esperados, y a veces ha sido contraproducente.

La medida es cuando menos controversial, pues para muchos, incluso para mí, es bastante difícil que sea cumplida a cabalidad por esos rasgos tan nuestros que nos caracterizan como ser nacional. Si, lo digo sin preocupación, el cubano, la cubana, tendemos a relajar toda regla rígida, a todos los niveles, desde donde las decisiones se toman hasta donde se cumplen. El cariz que ha tomado la pandemia en los últimos días lo confirma. Eso, unido al tal agotamiento pandémico, o algo así, que implica que el tiempo extendido de la amenaza tiende a disminuir la percepción del riesgo, hace que la responsabilidad individual de tener un posible contagiado en casa parezca una meta inalcanzable.

Sin embargo, nadie ha dicho que no se pueda cambiar. Que la manera de pensar no se pueda transformar. Un hombre machista puede dejar de serlo, claro, a partir de su decisión personal de desaprender lo que ha conocido hasta ese momento, y adoptar nuevos patrones de conducta, más cercanos a la justicia, sobre todas las cosas. Una persona puede cambiar un estilo de vida sedentario aunque toda su existencia haya sido así, si verdaderamente decide que asumir la actividad física es algo importante para ella. Todos estamos capacitados para evolucionar. Mucho más cuando de esa transformación de nuestra mentalidad depende nuestra propia vida.

El ingreso domiciliario nace del déficit de capacidades hospitalarias en picos pandémico y no es privativo de nuestro país. Todos conocemos personas amigos, familiares, al menos uno, que, dentro o fuera de Cuba, padecieron de covid-19 y pasaron esa etapa dura en sus viviendas. Y no porque no le importaran a nadie, sino porque otros pacientes  estaban en peores situaciones y necesitaban todos los recursos, escasos en la mayoría de las oleadas a partir del elevadísimo número de contagios. Pero, ¿qué tan complicado puede ser mantener a un posible enfermo de covid en casa? Mucho, si analizamos que es el hijo, el hermano, el abuelo, la nietecita. ¿Para qué se exige el cumplimiento de las medidas? Para que esa vivienda sea el refugio seguro de sus habitantes, incluso de ese que permanece enfermo, y no el área cerrada que ha posibilitado la infección de familias enteras.

El ingreso en casa implica el aislamiento del paciente en cuestión, la designación de una persona para su atención directa, la que cumplirá con medidas estrictas de cuidado e higiene. Se separarán para el enfermo todos los objetos de uso personal, y se desinfectarán las áreas comunes que deba utilizar, tratando de que sean las mínimas indispensables. No es para estar con él acostado en la cama. No es para que el paciente comparta con la familia viendo el televisor. No es para que el paciente pasee por el patio, vaya a la portería, y mucho menos reciba visitas de amistades. El ingreso domiciliario implica aislamiento, alejarse de todos para salvarles la vida, pues quizás usted no desarrolle síntomas graves de la enfermedad, pero ¿cómo asegura que sus familiares no lo harán?

No creo que sea imposible para los cubanos asumir la autoresponsabilidad, el actuar consciente sobre nuestra propia salud y la de los demás. El aumento de los casos nos pondrá en situaciones sanitarias cada vez más difíciles, y esto es una mala noticia para todos. El momento de decidir ser más consecuentes con esta realidad es ahora.

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