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Imágenes tomadas de Internet

Cuando la manecita minúscula se cierra alrededor del dedo índice de la mujer, ella está irremediablemente perdida. Hay quien dirá que el hechizo inicia nueve meses antes, pero en realidad comienza cuando la pequeña de dos o tres años recibe su primera muñeca, y la abraza contra su corazón. Para ser madres se nos educa durante toda la infancia, de tal manera que incluso aquellas que no pueden o no quieren canalizan el instinto de las maneras más diversas.

Pero no se piense que eso de ser madre es coser y cantar. Es mucho más que conseguir la canastilla, la cuna y el colchón, comprar mosquiteros y pañales. Luego de todo eso, la madre recién estrenada se encuentra frente a frente con su hijo, y comienza el verdadero desafío. Porque a educar nadie nos enseña, y terminamos imitando a nuestros mayores, improvisando y hasta  siguiendo consejos de internet.

Se mezcla el logopeda con el pediatra, el sobador con la señora que santigua, la merienda con las medias blancas para la escuela, los lápices de colores con el agua tibiecita del baño, la trenza de princesa con los precios de los juguetes. El mundo se vuelve ancho, ajeno, turbulento. Comienzas a tener horas exponenciales y aprendes a sonreír pase lo que pase, a pelear y a regañar, a recoger juguetes, a hacer merengue  y a reconocer por su nombre exacto a todos y cada uno de los muñequitos.

Escucharás atenta las poesías, los cuentos, los sueños, que se convertirán, andando el tiempo y si la suerte nos acompaña, en las primeras confesiones. Y estará lista para todo eso la madre nueva que hoy acaricia la carita de su niño por primera vez. Pero para muchas, otras cosas no. Nadie esta lista para las noches en los hospitales, para el miedo a que algo malo les suceda. Nadie nos avisa cuanto duele que crezcan, se hagan independientes, que a veces, en sus ansias de volar alto, recibamos una respuesta dura para la que nunca estaremos preparadas.

Ninguna está lista para que los hijos se marchen.  Nadie nos dijo que esperar una llamada por teléfono, quizás desde el confín del planeta, iba a ser tan difícil. Y es lógico. Ser madre es tener una parte de sí misma  por el mundo, sabiendo que aunque quieras, no podrás evitarle nada de lo que les esté destinado. Qué amor inmenso este, que aún cuando lastima, se hace más grande.

En pocas horas besaremos fuerte a madres y abuelas, tías y madrinas, y recibiremos besos tiernos y llenos de inocencia. Y seremos felices, porque a pesar de todo, ser madre, de todas las formas posibles, es la mayor bendición que recibimos.

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