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Lindo esto de un país luchando junto contra la muerte.

Lindas las manos que se unen, los ojos que cómplices se miran por encima de la mascarilla. Hermosa metáfora esta, donde no se sabe bien quién vende el cloro, cuál es el que descargó el camión con el módulo de aseo en la bodega, quién es el muchacho que tocó la puerta por la pesquisa.

Es simplemente Cuba con sus disímiles rostros, con sus disímiles manos, con sus disímiles corazones. Y es mucho más que el médico que pone todo su esfuerzo, su sudor, hasta su miedo convertido en fuerza, para enfrentar la pandemia. 

Son los agricultores de las cooperativas que no dejan que le falte la vianda y las verduras a las embarazadas del Hogar Materno, o a los niños que quedan en los círculos, o a los abuelitos del Hogar de Ancianos.

Son los que bañaron agua con cloro las calles de la ciudad. Son los que han visto partir a los amigos a los centros de aislamientos, han temido por ellos y los han visto regresar, y por ellos se han quedado en su casa, posponiendo sueños, intereses, proyectos.

Es el niño que tiene la escuela en la sala de la casa, los amigos en los recuerdos, el patio por universo.

Son las abuelas desesperadas en el distanciamiento social, pero que comprenden que solo así estarán a salvo. Son las lágrimas por Dylan, el pequeño granmense de 18 meses positivo a la Covid, que ya está de alta.

Son los aplausos, los silbidos, los saltos de los niños, la euforia desatada a las nueve de la noche.

Linda cosa esta la de una nación empeñada en ganarle, una vez más, a la muerte.

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