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Indiferentes a las pasiones de los hombres, los papeles viejos tienen alma. Han albergado en sí más que polvo, polillas y ese color amarillento de siglos. Han visto llorar a los hombres. Han recogido todo el dolor y la grandeza. Desde los trazos menudos, a pesar del tiempo, un héroe respira.

«El día 31, último día del 77. Se concluye el año, uno de los más funestos para la revolución de Cuba, pues además de la terrible campaña que sostiene el general español Martínez Campos (…) , los cubanos divididos y en desacuerdo han impreso un sello de debilidad y decadencia a la revolución que será muy difícil encarrilarlo por una vía segura. Yo por mi parte debo creer que he concluido ya de representar mi papel en este sangriento drama, pues despreciado y zaherido, por decirlo así, por los cubanos desde los acontecimientos de Las Villas y últimamente por los de Holguín, debo para no aparecer temerario y ambicioso abandonar una causa, que tantos desengaños y amarguras me ha traido; así pues el deber de uno es salir del país, empleando los medios que no lastimen mi honor y para ir a buscar a otro país, un rincón tranquilo donde terminar mis días».

Muerde sus labios Máximo Gómez. El dolor viril no mancha frentes, sino purifica espíritus. Antes de hoy, están sus días en Dominicana, sus carreras de niño en Baní, su vida como voluntario del Ejército Nacional Dominicano. Su llegada a Cuba. Podría haber sido un agricultor más, y ver pasar los años cosechando y vendiendo maderas. Casarse, tener hijos, tomar café en el portal en el atardecer.
Pero no él. No era esa la vida que le tocaba. La boda con Manana fue en plena Guerra Grande, apenas un mes antes de ser destinado como jefe de la División Cuba. En guerra nacerían sus hijos, y algunos morirían.

«Son las 6 de la tarde y vamos a perder a Cuba de vista, -quizás para siempre- ¿cuál será mi destino después que he sufrido tanto y tanto en esa tierra en pos de la realización de un ideal que ha costado tanta sangre y tantas lágrimas? Adios Cuba, cuenta siempre conmigo mientras respire – tú guardas las cenizas de mi madre e hijos- y siempre te amaré y te serviré».

¿A dónde va el espíritu cuando repele el reposo? Gómez ansía desesperadamente la paz del alma, pero ella galopa, y el hombre no tiene más remedio que seguirla.

Como en el cine van las fechas, las batallas, las victorias, la gloria, las pérdidas. Golpe tras golpe sobre el corazón: Martí, Maceo, Panchito, la iniquidad humana, la poca inclinación cubana al agradecimiento, aquella bandera humillante… hasta el final lucha Gómez, hasta el último latido del corazón.

Los papeles recogen las almas de otros tiempos, privilegio que los “tecnológicos” de hoy no tendremos. Papeles que rezuman sangre y virtud, sobre todo cuando habla un Hombre-Luz de un Hombre-Centella:

«Quien ha servido a la libertad, del mismo crimen se salvaría por el santo recuerdo; de increíble degradación se levantaría, como aturdido de un golpe de locura, a servirla otra vez; ni en la riqueza ni en el amor ni en el respeto ni en la fama halla descanso, mientras anden por el suelo los ojos donde chispeó antes la suprema luz».

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