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Dicen que Mariana sentaba a los muchachos y le contaba historias heredadas de sus padres dominicanos, de aquella isla libre, donde los negros ya no eran esclavos, gracias a la revolución de Haití. Cuentan que era una mulata libre, nacida en Santiago, que supo de esclavitud, y cimarronaje, y tenía bien claro el significado de la dignidad.

Educadora firme y tierna, llevó la rienda de sus muchos hijos, la mayoría varones, con reglas estrictas que los hicieron hombres de bien. Y cómo no electrizarse con la imagen de los jóvenes, casi adolescentes, de rodillas ante la madre, que, con un crucifijo en sus manos, les dice: “De rodillas todos, padres e hijos, delante de Cristo, que fue el primer hombre liberal que vino al mundo, juremos libertar la patria o morir por ella”.

Mariana es otro de los misterios de la nación. Madre que asume en ella las virtudes de una raza, que se hace en vida figura reverenciada por los cubanos, y luego de su muerte en el exilio, y su regreso a la Patria, se asienta en el imaginario colectivo cubano como la dama fuerte que a la vez impulsa y acaricia.

¡Qué dulce sensación pensar a Mariana como Madre universal, que a un tiempo consuela y señala el camino recto del bien, difícil y cruento a veces, pero siempre iluminado.

Dicen que Mariana es Madre. La Madre eterna de los cubanos.

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