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Es como un vendaval tierno la voz de Chávez, con ese tono y ese acento que deja ver el alma llanera, la infancia de la mano de la abuela, las risas con los hermanos, las picardías de muchacho que nunca lo abandonaron.

En su voz se ve la bruma del llano, los mil climas de Venezuela, el Caribe y las fresas, las redes y el petróleo, el indio, el negro, y se extiende a la Latinoamérica entera.

Tras la canción de Chávez, (ojos cerrados, puño en el paso, alma resonante), vibra Bolívar, se alza San Martín, se vislumbra a Sucre. “Y si un día tengo que naufragar y el tifón rompe mi vela, enterrad mi cuerpo cerca del mar, en Venezuela”.

El presidente venezolano, Hugo Chávez Frías (I), conversa con su homólogo cubano, Fidel Castro Ruz (D), en el Estado de Carabobo, en Venezuela, el 29 octubre de 2000. ACN FOTO/ Juan Carlos SOLÓRZANO / Cortesía Prensa Presidencial Venezuela/ rrcc

Cuando habla Chávez, en esos archivos guardados con celo, como lo que son, cosa sagrada, detrás sonríe Fidel. Poquito a poco en sus cuerdas se adivina la palma y el sol de la Mayor de las Antillas. Quizás sea por eso que late tanto en los cerros de Caracas como en un barrio de Banes; más que en un pulóver o en un recorte de periódico; en el corazón de la gente sencilla que aprendió a amarlo, a verlo como el hermano menor del Gigante, Gigante él mismo.

Se escucha hermosa, grave, melodiosa, la voz del héroe. Qué grande Chávez que no se muere aunque pasen los años, que sobrepasa la capilla ardiente del Cuartel de la Montaña, que horada la realidad y funda el porvenir.

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