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Por suerte, la televisión cubana transmitió hace poco la película Inocencia, estreno en la pantalla chica ansiado por muchos. Ya venían precediendo los rumores de las lágrimas que arranca la historia, y que eran recibidos a veces con sorpresa, otras, con las cejas enmarcadas de la incredulidad. En mi caso, la llamada por teléfono que me realizó mi madre luego de ver el filme en un cine habanero, con la voz irreconocible por el llanto a mares que la sacudía, fue la antesala de mi propia conmoción.

Sí, lloré en Inocencia, y por mucho más que simple sensibilidad por una historia real, triste, indignante, y por momentos increíble. Que los estudiantes de medicina eran inocentes, que los mismos españoles miraban atónitos, como cuentan que miraba Pilatos a los judíos, la sed de sangre de los voluntarios, era historia aprendida y repetida desde la infancia. Pero hay rasguños en el corazón que muchos no habíamos sentido. “Eran como nosotros, como la gente de mi aula”, me dijo mi hija de 13 años, mirando la escena de los juegos en el cementerio. Me golpeó como nunca antes la edad de los muchachos: 16, 18, 20… Casi la edad de mi niña. La edad exacta de mis primos. “Muchachos en flor”. Nunca se sintió tan clara esa Habana enmudecida ante la afrenta, incapaz de actuar, de discutir, de salvar a sus hijos. Sólo la potencia de ñáñigos, hermanos de Alonso, realiza un acto de heroísmo frenético y desesperado, mientras la sociedad observa ambas masacres.

Mucho hay que llorar entonces en esa película, pienso que sin vergüenza y casi como exorcismo. ¡Tanta lágrima se le debe a Cuba! Y no solo por eso, sino también por ciertos paralelismos que se podrían construir.

Abel Prieto, en su ensayo Cultura, cubanidad, cubanía, recorre el pensamiento nacional sobre aquellos “dones”, supuestos o no, que fueron formados por una historia de coloniaje e indignidad en los primeros siglos de nuestra historia. La “cultura plattista” que impera en un grupo importante de cubanos en la dominación española y en la República, nos dibujaba cercanos al choteo, el pesimismo, la ligereza y la dispersión. Lezama, en 1968, explica que se decía que “el cubano era un ser (…) que estaba desilusionado, que era un ensimismado pesimista, que había perdido el sentido profundo de sus símbolos.” Los cambios del proceso revolucionario producen un “renacer de la dignidad nacional.” El cubano experimenta una “conmoción honda en el ámbito de los valores”, con toda su carga de desgarramientos al nivel de conciencia individual. Las percepciones plattistas, según Prieto Jiménez, no han podido ser abolidas, cobran vigor en los momentos de crisis, pero han quedado reducidas a expresiones aisladas, individuales.

Dejando a un lado estereotipos de ambos extremos, lo que cuenta Inocencia nos hace dar una mirada reflexiva al cubano y cubana que somos hoy. ¿Realmente somos tan solidarios, tan hermanos, tan valientes, tan “combativos ante la injusticia”? Ante cada crueldad cotidiana, cada inconsistencia del día a día, ¿no nos observarán de cerca aquellos ojos de los voluntarios, capaces de todo contra sus propios compatriotas por lograr sus intereses? ¿No estarán escondidos detrás del vendedor de carne que le cobró el triple a la ancianita que se marchó pensando cómo estirará lo que le quedó para el mes? Esos adolescentes que tratan de llegar a la escuela en estos tiempos duros del transporte, y que son ignorados por los chóferes de los ómnibus, y por el resto de los pasajeros, ¿no tienen el rostro de Anacleto, de Carlos, de Alonso? Esa displicencia con que la encargada de los trámites de la vivienda, o la vendedora, o la farmacéutica, desinformar, pelotear, ignora a su hermano o hermana nacido también en este archipiélago, ¿no se parece peligrosamente al silencio cómplice de 1871? ¿No será que Inocencia nos estará alertando de lo que nos está pasando como país? ¿De lo que nos puede pasar?

Esta película fue proyectada en numerosas escuelas de la enseñanza media y media superior del municipio de Banes, con mayor o menor éxito en su cometido formador y movilizante. A veces el auditorio ha sido receptivo, otras, escéptico y desinteresado, dependiendo de la preparación del escenario, de la antesala de la película misma, del horario escogido, de la preparación del maestro. Ojalá que esta y otras obras contribuyan no solamente a reaprender a Cuba, sino también a descontruirnos y reconstruirnos nosotros mismos. Por el bien de la nación. Por nuestro propio bien.

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