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Dentro de mucho tiempo, cuando los más jóvenes nos pregunten, ( por Dios, por Dios, por Dios, ¡qué nos pregunten!), los de acá del Oriente podremos decir que llovía cuando supimos que Eusebio se había marchado.

Caía una lluvia simple, no era una turbonada furiosa y desesperada, no era un alarido de la naturaleza, no era un grito de dolor. Era una lluvia semejante a la tristeza: queda, sutil, fina, elegante casi. Persistía en caer, recordando el vacío, el llanto que brota sin notarlo, la crueldad de lo inevitable.

Eusebio fue un hombre menudo, que estaba enamorado. Cuando el amante describe el objeto de su amor, quien lo escucha queda también un poco prendado. La pasión se contagia. Y había pasión en aquel hombre menudo, pasión en su voz mesurada, pasión en su camisa, pasión en los pasos presurosos, pasión en el aire que respiraba. Por eso, aun los que no estábamos allí, los que no compartimos una coincidencia en el carné, donde se indicaba el lugar de nacimiento, aprendimos a venerar a esa dama honorable y digna, esquiva a veces, atolondrada otra, pero siempre rodeada de misterio. Y tras sus misterios nos llevó Eusebio de la mano, y amamos su amor, nos entregamos a su entrega, disfrutamos su disfrute.

Eusebio es más que el hombre de La Habana. Bajo la tutela de su voz aprendí a amar al Maestro, a entender a aquellos que la historiografía me mostraba controvertidos, a descubrir que la historia no se aprende. Se siente. Se paladea. Se huele, se frota, se desmenuza.

Siguiendo sus palabras digerí buena parte del entramado multicultural que es Cuba, me emborraché de nación, y me dieron ganas “de sentarme, y de salir corriendo”, como si escuchara al ruiseñor martiano, cuando me reconocí cubana. Y Eusebio estuvo ahí, mirándome desde sus palabras, andando el tiempo, cada vez más delgado, más menudo, tanto que hacía temer… pero siempre vencía.

Siempre regresaba. Hasta el viernes 31 de julio de 2020… Cuando me pregunten…(por Dios, que pregunten)… podré decir que llovía y que yo llovía también. Llovía irremediablemente, mientras se elevaba una parte más del alma de Cuba.

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