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Nacer es echarse al mundo, es recibir la luz que nos toca. No por gusto se le dice alumbramiento, dar a luz, a ese momento único en que un nuevo ser abre los ojos. Allí nace el destello pequeño de una vela, o la llamarada intensa que estremece.

Enceguecedora fue la que brotó de Mariana ese día, con el llanto vigoroso de un niño mulato con ojos de estrella. Le llamaron Antonio. Y su alma en forma de centella fue tan fulminante que cargaría con el apellido de toda la estirpe.

Maceo fue luz. Una luz única en la manigua, fácil de identificar entre la hermosa llamarada de nuestras guerras de independencia. Arrasó por sabanas y montes, recorrió cielos y manantiales, fue más fuerte que el racismo, fue más fuerte que la discriminación, fue más enorme que los temores, se ganó a golpe de honor y valentía el respeto y hasta la devoción de sus hombres… Y también de los cubanos en cualquier parte del mundo.

Se elevó sobre la Isla su luz en la invasión a Guantánamo, en la Protesta de Baraguá, en el exilio, en la madrugada de Duaba, en la invasión a Occidente, salió por cada una de sus 27 heridas, explotó en Punta Brava. Y quizás pensó algún iluso que entonces su luz se apagaría. Nada más lejos. La luz que nace a raudales nunca muere.

Creció en las sociedades “Antonio Maceo” de la República neocolonial, en la logias masónica, en el alma de todas las luchas, en los negros que cargaban cajas en los muelles, en los que limpiaban botas, en los que a fuerza de valentía se hicieron médicos, abogados, maestros. En Guillén y sus dos abuelos y su songorocosongo. En el negro junto al blanco en la Sierra, en la columna invasora comandada por Camilo, que llevaba su nombre.

Y aún está aquí. Y no solo en cada logro o en cada sacrificio. También en todo lo que falta. En las luchas cubanas contra la discriminación y el racismo, en su Programa Nacional, en la cátedra Aponte, en los esfuerzos por dignificar la raza. La luz de Maceo es propiedad de toda Cuba, pero quizás sea más fuerte allí entre los cubanos negros, que en él tienen su mayor cumbre.

Nació la luz el 14 de junio, una luz que no morirá.

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