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Siempre le dicho “mi profe”, aunque sus clases no fueron en el aula, aunque nunca me puso un seminario ni me dejó una tarea. Su sapiencia sobresale sin necesidad de anotarla en cuadernos y sabe cómo señalar esta o aquella falta con la modestia que da la experiencia. Porque cuando conocí a Gustavo Aguilera Fernández, el periodista, ya no tenía nada qué demostrar. Banes lo sabía uno de los suyos, de los incansables, de los insaciables buscadores de noticias, de los personajes indispensables en la emisora de entonces, tan distinta y tan igual a la de ahora.

Gustavito era de los periodistas del salario ínfimo, de los viajes interminables por las zonas de zafra, de los golpeteos de la máquina de escribir, del chasquido de las máquinas de cinta, del trabajar incansablemente porque sí, proque este es un trabajo de sacrificio, un desdoblarse que a veces reconforta, y a veces duele.

En nuestro primer encuentro yo era solo una estudiante de segundo año de la universidad, y me abrió brazos, corazón y oficio con un afán noble de sembrador. Me dio lecciones inolvidables de redacción informativa. Ante mis ojos escribía noticia tras noticia con un estilo impecable, sin sonrojos, sin dudas, en aquellos tiempos en que equivocarse implicaba iniciar todo otra vez.

Gustavito no temía. Siempre sabía bien de lo que hablaba. Y con ese rostro de quien recita un poema simple de cuatro versos a una amiguita, me dejaba atónita con unas clases de gramática española, la de a de veras, la que mete el idioma a pulso en la pirámide invertida que tantos dolores de cabeza nos da. A los mortales, digo, a Gustavito no. El cogía de la mano verbos, sustantivos, complementos y adjetivos, los justos, y armaba su historia, historias con sabor a periodismo banense, sazonado con Antorcha y cocinado hasta su punto en la radio.

Por mucho que me apuré, no pude alcanzarlo. Gustavo se jubiló justo en el año en que yo me incorporaba, y ahora vuelve, delgadito y sonriente, a las reuniones de la UPEC. Para mis amigos y colegas de hoy de seguro es solo un viejito periodista, y miran con respeto sus canas. Pero para mi es y siempre será mi profe, aunque no me dejara una sola tarea, o quizás sí, la misma que Martí al Ismaelillo. Sobre todas las cosas, sé justo.

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