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“Llegué, con el General Máximo Gómez y cuatro más, en un bote, en que llevé el remo de proa bajo el temporal, a una pedrera desconocida de nuestras playas; cargué, catorce días, a pie por espinas y alturas, mi morral y mi rifle, —alzamos gente a nuestro paso; siento en la benevolencia de las almas la raíz de este cariño mío a la pena del hombre y a la justicia de remediarla”.

Así dice Martí, en una carta que se hizo famosa porque no la terminó. Fue la última. La que está fechada unas horas antes de que iniciara su última alborada. La que está dirigida a un amigo querido, Manuel Mercado, un mexicano llamado por Martí “mi hermano queridísimo”. En el campamento, a la sombra de los árboles, con el aire de Cuba refrescando sus carnes, Martí escribe una carta extensa donde explica abundantemente los riesgos de la revolución ante el anexionismo, donde plasma sus miedos y sus esperanzas. No quedó tiempo para él. “Y ahora, puesto delante lo de interés público, le hablaré de mí”, dice, como disculpándose por pensar en sí mismo.

Ese es nuestro Martí, un día antes de morir, unas horas antes de lanzarse a la inmortalidad, que todavía no le tocaba. Quizás la explicación a su aparente desobediencia la diera en la misma esquela cuando afirma: “Pero he de tener más autoridad en mí, o de saber quién la tiene, antes de obrar o aconsejar”. Temía Martí no tener la misma fuerza en pleno campo insurrecto que en el exilio por su falta de experiencia, y en su búsqueda marchó al campo de batalla.

Pero todo eso será en unas horas, hoy Martí escribe, resumiendo en una frase, quizás desconocida, precisamente lo que debiera ser su principal legado a todos los cubanos: “Por acá, yo hago mi deber”.

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