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Saldar deudas con el amor, con el desinterés, con el cariño, con el dolor. Saldar deudas con las madres solas que han dado la vida por sus hijos, aun cuando a veces pensaron que ya no podían más. Con los padrastros que arrullan, que llevan a pasear, que cuentan cuentos, que no sueltan la mano de sus niños.

Para las madrastras que no son la de Blanca Nieves y que cambiaron la manzana envenenada por la merienda, el cuento antes de dormir, el abrazo apretado. Con esa abuela que conozco, que cuando los padres se borraron porque el niño no era perfecto, y estaba enfermo de una enfermedad larga y penosa, se convirtió en el sol del pequeño y en la presencia salvadora.

Saldar deudas con las parejas de madres que sólo han sabido multiplicar por dos la ternura. Con las parejas de padres que enseñan a enfrentar la vida, a empinar papalotes, a recoger la mesa, a respetar las diferencias.

Saldar deudas con la mujer abusada, de todas las edades, con todos los rostros, con todos los silencios. Esas que tienen las marcas de la complicidad y las justificaciones. Esas que no tuvieron ayuda.

Saldar deudas con los niños maltratados, ignorados, humillados por padres malos, por madres malas, por familias malas, que también las hay. Con los niños solos, en espera de un hogar donde crecer, donde aprender amar, en espera de un abrazo. Con las madres de cunas vacías y el corazón repleto de tanto cariño, sin hijos que abrazar.

Saldar deudas con el niño que quiso hablar y no lo escucharon. Con la niña que quiso denunciar y no le creyeron. Con la infancia que quiere sentirse persona, prepararse sin violencia, aprender a enfrentar un mundo cada vez más duro.

Con esos tíos excepcionales, que son pan y luz de los sobrinos.  Los primos y los hermanos que de repente se volvieron padres. Con la lágrima que surca el rostro ajado por las arrugas y el sacrificio por los demás. Por las manos ancianas que se tienden en busca de afecto y sólo logran agarrar el aire.

Por la pareja que pierde uno de sus miembros, y el que queda ve marcharse su amor, y junto a él, su casa, sus bienes, sus recuerdos, su vida que se esfuma, porque él, para los demás, no es “nadie”.

El Código de las Familias no impone ni apresura. El Código salda deudas. Deudas de años, algunas de siglos. Deudas con las familias que existen y que es cuestión elemental de justicia reconocer.

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