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Un día de clases en una escuela banense después de la reanudación del curso escolar. Fotos: Carlos Manuel Rojas Véliz.

Un aciago día, llegaron de la escuela, y vieron en casa miradas preocupadas, silencios prolongados, lágrimas. A la hora del noticiero, los “grandes” se reunieron a escuchar. Y ellos también. Unos comprendieron lo que sucedía, otros no, pero una cosa quedaba clara. Al otro día, no irían a la escuela.

Y se sucedieron jornadas de incertidumbre, que se volvieron semanas, meses. El mundo se les hizo pequeño. Los juegos fueron en el patio, el balcón, la sala, la terraza. A los maestros los sustituyeron las teleclases y unos padres atolondrados entre nasobucos, colas, miedo, y la necesidad de repasar materias que hace años no veían. Pero a los amigos, ¿ quién los sustituye? Algunos, Whatsapp, Facebook, Todus. Otro, añoranza.

Y así y todo, se volvieron la alegría, la fuerza, la esperanza. Cantaron, dibujaron, bailaron, dijeron “quédate en casa” de todas las maneras posibles. Hicieron “retos”, se conformaron con cumpleaños íntimos, le enviaron mensajes de voz, llamadas telefónicas y carticas a las abuelas, los tíos, los primos. Por verlos crecer, Cuba respiró hondo, apretó los dientes, y resistió.

Y un buen día, otra vez miradas inquietas y preocupadas en casa. Madres con la sonrisa en los labios y el credo en la boca… en una mano la mochila, en otra, el nasobuco. La noticia se adivinaba. Había que regresar.

LA VUELTA A LAS AULAS

Un día de clases en una escuela banense después de la reanudación del curso escolar. Fotos: Carlos Manuel Rojas Véliz.

El amanecer en el seminternado José Tey, de Banes, es complicado. A la entrada, cuatro mesas con hipoclorito, agua, jabón. Maestras armadas con nasobucos lavan manos, pesquisan a los niños, hablan con los padres. Estos últimos miran con cierta tristeza a sus retoños entrar solos a la escuela. Se ha convertido en un universo vedado para ellos. “Para proteger a los niños no debe entrar nadie,” me cuenta una madre. “Cierran la verja con candado y solo se abre a la hora de la salida. Así están más seguros,” me insiste, aunque los ojos siguen con inquietud a la niña que entra resuelta a la escuela. Sonríe casi avergonzada y se aleja: “yo me preocupo más que ella”.

Ya en la entrada, más maestros garantizan la limpieza de los zapatos en el paso podálico, la distancia de los pioneros, que vayan directo a las aulas. Bien cerca, mirándolo todo con detalle, Alejandro Concepción, el director de la escuela.

“Esta es la institución educativa con mayor matrícula en Banes, una de las mayores de la provincia de Holguín. Organizarla para cumplir con las medidas no ha sido fácil, pero lo hemos logrado. Desde julio decidimos qué locales usaríamos para dividir en subgrupos los destacamentos hacinados, cómo realizar los procesos de recreo, merienda y almuerzo, cómo organizar el personal. Informamos con transparencia a los padres, les pedimos su apoyo. El primero de septiembre ya todo estaba listo, y ha funcionado con normalidad.”

Seminternado “José Tey”, el mayor de su tipo en Banes. Foto de la autora.

La vista de Alejandro no se despega de la escena que ante él se desenvuelve. Hace señalamientos para guardar la distancia, controla la labor de los maestros, atiende a padres y trabajadores. Esos momentos son los más difíciles.

“La salida es aún más complicada,” afirma. “Son muchos niños, y por consiguiente, muchos padres. Hemos establecido zonas por grado para que esperen la salida de los estudiantes, y evitar la aglomeración. Hasta ahora todo marcha bien. La familia ha sido de gran ayuda y se ve hasta en el comportamiento de niños. Ahora son más disciplinados, más concientes. Se muestran concentrados en terminar el curso satisfactoriamente.”

“Claro que es un momento difícil. Es un gran reto para los educadores. Nuestro colectivo en julio ya dejó preparadas las clases de esta etapa final y hace un esfuerzo grande para garantizar la orientación a los pequeños de primero a cuarto grado, que realizan su Álbum de la Patria, y a los de quinto y sexto, que tienen trabajos prácticos y exámenes de Matemáticas y Lengua Española. La prioridad es que tengan salud, que no tengamos un rebrote de la enfermedad, que terminen el curso sanos. Ese es el principal objetivo”.

TODO VA A SALIR BIEN

Un día de clases en una escuela banense después de la reanudación del curso escolar. Fotos: Carlos Manuel Rojas Véliz.

Nancy Ochoa revolotea a la entrada del seminternado. Obseva de cerca, corrige, sonríe tras la mascarilla. Es la psicopedagóga del centro. Mucho se necesita en estos tiempos de su labor.
“Es una prioridad para nosotros la estabilidad emocional de los estudiantes. Para eso, lo principal es la unión, es eso lo que nos ha salvado. Ha sido un trabajo conjunto de los educadores, el personal de apoyo, la familia, que tiene que estar presente en culaquier estrategia de intervención que hagamos. Nos hemos organizado, tratamos de que los alumnos conozcan y entiendan las medidas. Quizás la más visible sea el nasobuco, y exigimos porque se use bien, establecimos los horarios para el cambio de los mismos, se toca el timbre a ese efecto. Pero el curso es diferente, es innegable. Ya nuestros niños no pueden hacer tantas actividades físicas, y tenemos niños muy activos, acostumbrados a correr, a reunirse en el recreo, jugar, y ahora no es posible. Trabajamos con ellos, no solo yo, sino todos los maestros, explicándoles, exigiendo la disciplina, pero dando las razones por las que se deben cumplir las medidas. Hacemos otras actividades diferentes, que los interesen. Esta etapa es nueva para ellos también.”

“Con la familia estamos en contacto todo el tiempo. Les brindamos seguridad, que se sientan confiados de que esta etapa va a pasar y todo va a salir bien. ¿Y por qué todo va a salir bien? Precisamente porque estamos haciendo lo que nos toca, con serenidad, con optimismo, con responsabilidad. Esa es la razón”.

Las mascarillas de los niños son diferentes. Cuentan cada cual una historia. Si se miran bien, se puede ver a la abuelita buscando telas que combinen con el uniforme, y los pequeños gritando eufóricos por haber encontrado un tejido del color favorito, o uno con las princesas, o el pantaloncito de dormir que tiene a los superhéroes. Otras dejan entrever el bordado caprichoso que dibujó caritas de animales, nombres, corazones. Aquellas representan las manos de mamá y la mirada atenta de la costurera del barrio: “dame ocho de estos, el niño tiene que llevar cuatro por día. Oscuros, para que no se ensucien”. Historias que cambiaron la vida de estos niños que no han dejado de sonreír.

Un maravilloso día, habrá caras sonrientes en casa y abrazos de felicidad. La incertidumbre será solo un sueño malo que se aparta sacudiendo la cabeza. Mientras tanto, aún con nasobuco, la escuela sigue siendo el país de la alegría. Con o sin Covid-19.

Un día de clases en una escuela banense después de la reanudación del curso escolar. Fotos: Carlos Manuel Rojas Véliz.

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