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Criar a nuestros hijos es la asignatura pendiente para muchas familias. ¿Lo estaré haciendo bien? Esa es una interrogante que todo el tiempo está frente a la madre, y en ocasiones, no tenemos la respuesta. A las ansias por ver el rostro, las manos o la naricita del pequeño, que caracterizan el embarazo, le sucede una incertidumbre que parte de la inseguridad. ¿Estaré lista para ser mamá? Y ante esta disyuntiva, el niño en brazo y la responsabilidad sobre los hombros, no queda más que hacer de tripas corazón y comenzar la tarea.

Aunque los nueve meses alcanzaron para la canastilla, la cuna, el andador y el canastillero, casi siempre la labor de educar nos encuentra en pañales. ¿Qué se hace entonces? Lo más fácil. Echar mano a lo antiguo, lo probado, lo que le funcionó a nuestros padres. Así, sin querer, la famosa frase de “no le haré esto a mis hijos, no dejaré que mis hijos pasen por esto otro”, que caracterizó la adolescencia y la juventud, se olvida como por arte de magia y terminamos regañando como mamá lo hacía, embutiendo la comida como tantas veces vimos hacer a abuela, o alzando las cejas como cuando nuestro padre se enojaba. Y es lógico que esto pase. De los buenos manantiales se forman los buenos ríos, dice una canción del cantante español Camarón. El problema comienza cuando imitamos lo bueno… Y lo no tan bueno.

Aunque pudiera parecer exagerado, muchos hombres y mujeres arrastran marcas en su personalidad a partir de una crianza que potencia el poder desmedido de los adultos sobre los más pequeños. Criar de esa forma facilita las cosas para el padre, es indudable, los niños son corregidos y controlados, aprenden a frenar sus emociones, a adecuarse a comportamientos estrictos y son alabados como niños educados. Sin embargo, andando el tiempo, se lidiará con  adolescentes inseguros, con temores, sin valentía para defender sus criterios. Algunas veces los problemas le impedirán tomar la más simple decisión. Se verán influenciados por el grupo, con necesidad de encajar y poniendo por debajo sus necesidades e intereses.

Esto no quiere decir que la crianza estricta y con límites establecidos sea traumatizante, sino que es necesario encontrar el justo medio entre las tendencias educativas para dar autonomía y a la vez garantizar la disciplina. Uno de esos puntos medios es la crianza respetuosa, que define actualmente como un estilo o forma de vida, más allá de ser considerado un método o sistema para la enseñanza del vivir de un pequeño. Se fundamenta principalmente en manifestar amor, empatía, respeto y consideración en cada acción en el camino a recorrer entre padres e hijos.

UN CÓDIGO, MUCHAS FAMILIAS

A tono con este tipo de crianza, más cercano al respeto a la dignidad y al desarrollo integral de niños y niñas, está el nuevo Código de las Familias, que por estos días se debate en todo el país. El objetivo es que los cubanos logremos un estilo de crianza alejado de todo tipo de violencia, y que además los niños adolescentes y jóvenes sean capaces de asumir conscientemente ciertos grados de autonomía, que les permita tomar decisiones sobre situaciones que los afectan. También pretende que sus opiniones sean escuchadas y tomadas en cuenta a la hora, por ejemplo, de dictar una sentencia en un tribunal donde se decide su guardia y custodia, o el régimen de visita con cualquier miembro de la familia.

Esto a los padres cubanos nos asusta un poco, pues estamos acostumbrados al control y la dependencia total, que nos facilita la vida. Sin embargo, aunque el niño criado de esta manera puede parecer un poco más inquieto, más expresivo, al pasar de los años se convierte en un adolescente y joven que puede tomar decisiones, seguro de sí mismo, con capacidad para defender sus criterios y no un ente sumiso a merced de un grupo, un amigo o una moda. Todo dependerá de lo que los padres logren al conjugar el respeto con la disciplina.

La tan famosa responsabilidad parental sustituye a la patria potestad en el código actual, término que nos traslada al poder del padre, un poder absoluto y total sobre la vida del niño. La responsabilidad parental le permite al padre y la madre cubanos establecer relaciones de afecto, conectar espiritualmente de una manera sana, desterrar la violencia que caracteriza a nuestro modelo de crianza, y sustituirla por otras formas más efectivas de imposición de límites, apelando al diálogo y a la formación del individuo como ser social, no sólo como un integrante de la familia.

En el nuevo Código, en artículo 134, como parte del contenido de la responsabilidad parental, se establece el deber de los padres a educar a los chicos a partir de formas de crianza positiva, no violentas y participativas de acuerdo con su edad. Eso no significa que niños pequeños decidan su destino, como muchos quieren ver, sino que a medida que va pasando el tiempo, los pequeños pueden asumir tareas, y comenzar a tomar decisiones. Y hasta aportar sus ideas en momentos difíciles.

El ser escuchados es otro derecho que el nuevo Código de las Familias refrenda para los niños cubanos. Esto no debe ser visto sólo para la actualidad, sino para el futuro. Martí decía que su deseo era que los niños cubanos se convirtieran en hombres que digan lo que piensan y lo digan bien. Hombres elocuentes y sinceros. ¿Cómo lograrlo si no los escuchamos? ¿Cómo acompañarlos en su crecimiento si no conocemos lo que piensan, lo que opinan sobre los asuntos que les atañen? ¡Tantos dolores de cabeza se evitarían si a tiempo se escuchara a los niños! No en balde el tratamiento de psicólogos y psiquiatras al enfrentar una problemática infantil es precisamente la conversación con el niño. Quizás si eso fuera lo habitual en nuestras casas, detectaríamos a tiempo los abusos, los intentos de violaciones, el bulling escolar y tantos otros fenómenos que muchas veces los niños callan.

Esta manera de educar que promueve el nuevo Código de las Familias cubano no es un invento de especialistas extranjeros. Muchas familias en el país ya asumen el respeto a la individualidad de sus hijos como parte indispensable de la crianza. Esto les ayuda a conectar mejor con ellos y conocer y potenciar sus capacidades. Les permite corregir los defectos en la personalidad sin crear otros, y alejan a sus niños de la espiral de la violencia aprendida, que es la más difícil de eliminar.

El respeto, la autonomía progresiva, la crianza respetuosa, no van separados de la disciplina, de la enseñanza de hábitos de comportamiento adecuados, si no que busca formar individuos con capacidad para ejercer esa disciplina de manera consciente, a partir del razonamiento y no del miedo.

El nuevo Código inaugura una nueva época para Cuba. Los pequeños de la Isla tendrán derecho a la autonomía progresiva, a la participación en la toma de decisiones en casa cuando el tema les afecte. Tendrán derecho a crecer en un ambiente libre de violencia y a ser protegido contra todo tipo de discriminación, prejuicio, abuso, negligencia y explotación, al honor, la intimidad, y a muchas cosas más que no definen lo que son hoy, sino lo que serán mañana: un pueblo de hombres y mujeres fuertes de espíritu, capaces de tener resiliencia ante los cambios, de enfrentar la vida en cualquier parte del mundo con decisión y seguridad. Al fin y al cabo, ¿no es eso lo que todo a queremos para nuestros hijos?

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