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Hace unos días en la calles de Banes presencié una escena que me hizo reflexionar. Una señora, de esas buena gente que pueblan nuestros barrios, avanzaba y era saludada por varios de los que con ella coincidían. Carismática y alegre, brindaba sus manos y su rostro sin tapujos, y añadía a una de las que las saludaba, “dicen que no se puede besar, pero, eso no hace nada”.

Hablar de coronavirus es controversial. Todos le tenemos miedo. Todos averiguamos a diario, ¿cuántos salieron? ¿Hay alguno de Banes? ¿Dónde viven? ¡Qué mala esta la cosa! Todos compramos nasobucos, o los hicimos, o los regalamos. Todos buscamos el cloro o el desinfectante. Pero ya. El cuidado de los primeros tiempos, en cuarentena total, ya pasó, y en el peor momento. Ya casi nadie recuerda que debemos quitarnos los zapatos al llegar al hogar; la ropa, depositarla en el lugar donde va a lavarse; los nasobucos, al cloro o el agua jabonosa; y el lavado de las manos e incluso el baño, antes de interactuar con la familia, el niño pequeño, el abuelo.

Y ese descuido se extiende a la calle. Hay coronavirus, pero cómo no vamos a festejar el aniversario, el cumpleaños, la vida, en fin. Hay coronavirus, pero cómo no voy a darle un abrazo a Juan, que creció conmigo y vino de Alemania. Hay coronavirus, pero la cola esta larga y mientras más empuje más rápido voy a comprar. La idea del covid se difumina cuando de la vida diaria se trata, sólo toma su verdadera forma amenazante cuando parte la ambulancia con un ser querido, o con nosotros mismos.

Imágenes tomadas de Internet

Soy de las que piensa que la institucionalidad debe tomar partido de manera más eficiente, que una cola como la de la Cadena del Pan, por poner un ejemplo, porque hay muchos establecimientos más en esta situación, es inconcebible. Que sí es problema de las administraciones de los locales, de los agentes del orden, de las organizaciones de masas. Pero la principal responsabilidad sigue recayendo en nosotros mismos. Nosotros, que tenemos a los niños jugando en la calle sin nasobuco como si nada pasara; nosotros, que si vemos un fallo en la protección de las escuelas lo tomamos como algo normal; nosotros, que nos apretamos en la cola, nos empinamos de la misma botella, nos besamos y abrazamos, porque “no hace nada”. Sí hace.

Le sugiero que piense además de en la seriedad de la enfermedad, en lo terribles que son las intubaciones, lo triste que debe ser prácticamente no poder respirar, piense en esa misma situación pero en su propia casa, en su hijo, en su madre, en los seres que ama. Cuidémonos todos. Esa es, hoy, la única y verdadera vacuna.

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