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Amalia era una mujer sufrida. Siempre lo fue. Cada una de sus arrugas recuerda el tiempo en que su presente no era mucho más que una relación cercana con el patio donde lavaba y planchaba para otros, para ganarse el sustento suyo y de sus pequeños hijos.

¿Su esposo? Ya hacía mucho tiempo que de él no se sabía nada, pero en el fondo no lo extrañaba mucho. Los moretones no se marchaban del cuerpo, y mucho menos de alma…

Para Amalia, mirar atrás no es cosa de juegos, se le nubla la vista, y hasta el llanto se le asoma por esos ojos que tanto han visto. Por eso a Amalia no le gusta recordar. Hoy sus días se hacen de futuro.

“Mira tú si las cosas cambian. Yo tengo 5 nietas, y todas estudian o trabajan. Viven libres, hacen lo que quieren, aportan al país, desde su pedacito. Hoy las mujeres pueden hablar, pueden hacer, pueden pensar”.

Y de esa manera, Amalia anuncia uno de los derechos que en Cuba le es dado a todos, el derecho a pensar por sí mismo, a tomar sus propias decisiones, porque el sistema los enseña desde niños a asumir como propia la realidad del país, les da herramientas para juzgar el presente y elaborar el futuro. En esta historia, un capítulo aparte les toca a las mujeres.

Hoy, ya no es sorpresa ver a las mujeres dirigiendo, asumiendo las tareas difíciles, incluso las decisivas, las que definen el curso del país, de la Revolución. Desde hace ya mucho tiempo en Cuba ser mujer es sinónimo de dignidad, y eso de “sexo débil”, es casi una metáfora.

Tanto es así, que la enumeración de labores “de hombre” que desempeñan se convierte en un lugar común: constructora, machetera, operadora de combinada, chofer, agricultora… basta con ver cuántas mujeres se convirtieron en usufructuarias, y hoy sacan de la tierra el fruto de su sudor.

Pero no importa cuántas tareas de fuerza realicen las féminas. Hoy, lo más importante no es lo que hacen, sino cómo piensan. Ya es difícil encontrar a una jovencita que dude de sus capacidades, que crea que solo procrear y cuidar la casa constituyen opciones válidas. Las mujeres en Cuba piensan, deciden por sí mismas, y cualquiera de sus elecciones pasa por su libre albedrío, por el análisis de sus condiciones, de sus deseos, sin presiones, sin miedo, sin angustia.

Actualmente, en Cuba el ama de casa decide serlo porque sí, como mismo lo asume la directiva, la ingeniera, la arquitecta, la maestra, la médico y la periodista. Nadie piensa que no podemos, nadie nos reclama porque seamos menos de lo que podemos llegar a ser…

Hoy, Amalia vive de frente al futuro. Ya no tiene miedo de que sus hijas y nietas se queden en casa, resignadas, sin más futuro que el que los hombres decidan y la sociedad les permita.

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