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Crecí escuchando aquello de “pégate al agua…”, sintiendo (primero por imitación por las lágrimas de mami y la indignación de abuela) y después por lógico análisis, un desprecio absoluto por el crimen y sus perpetradores.

El Pusimos la bomba y qué ha estado siempre presente en el librero, releído muchas veces. La primera, con la sorpresa dolorosa de la niña que se asoma a un mundo terrible; luego, para recomendar, consultar, recordar. Para no olvidar. Y muchos se preguntan por qué Cuba no olvida. ¿Por qué no perdonamos? ¿Por qué nos empeñamos en que cada cubanito o cubanita que nazca, sepa en su momento que el 6 de octubre no es cualquier día? Simple. Porque cada cubano muerto allí fue como un trozo arrancado del corazón del país. Porque cada familia sintió como suyos a cada uno de los muchachos del equipo de esgrima, a la tripulación, a todos.

En mi casa, ese día mi abuela celebraba el cumpleaños de uno de mis tíos. Me la imagino, con ese instinto maternal que tenemos las cubanas de arropar a los pichones cuando viene el mal tiempo, apretada a sus tres niños, mientras escuchaba la noticia. Veo sus lágrimas mezcladas con las de las madres, los hijos, los abuelos, los amigos. Es un dolor que aún hoy estremece, que hemos heredado y que es más grave cuando sabemos que los responsables se pasean orgullosos de su obra. Obra que bañó en lágrimas un país.

Por eso no hay perdón ni olvido, y los ojos de Tin Cremata se ven repetidos en los de millones de cubanos. La vida cambia, los tiempos pasan, las heridas cierran, cicatrizan. Pero la Cuba que no desampara a ninguno de sus hijos no puede olvidar. No olvidará jamás.

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