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Hicimos historia. Así dijo. La frase no sonó lapidaria, no tuvo una resonancia que la hiciera más solemne. Fue una simple verdad dicha en un mediodía de verano, escuchada a medias, quizás, que se perdió en la avalancha de datos, cifras, fechas de la reunión. Sin embargo, se quedó en el subconsciente como campanilla de plata, que nos despierta en la noche.

Hicimos historia. Quién lo diría. Sobrevivir es la heroicidad que se volvió cotidiana. No hubo cobardes. Todos temimos a la vez, a la vez miramos a la bestia de frente, y el miedo, la zozobra, el arrojo, el sacrificio, todos por igual construyeron la victoria. Fuimos protagonistas de un filme, desandamos días de pesadilla, aún hoy andamos a veces por senderos cómodos, otras por escarpadas colinas, otras agarrándonos con fuerza del saliente de roca. Pero andamos.

Hicimos historia. Con el “quédate en casa” de miles, porque evitamos que se multiplicaran las zonas rojas. El que salvó un anciano, a un niño, a una embarazada, ya fuera dándole una medicina, llevándole el alimento, manteniéndose en aislamiento para evitar contagiarlo, salvó a Cuba. Cada alma del país es el país todo. Aún lloramos las 87 que la covid nos arrebató.

Hicimos historia. Pero, ¿lo supimos? ¿Hubo pose heroica, mirada a la inmortalidad, esa conciencia de trascender en el tiempo como algo perdurable?

No. Solo vivimos. Solo nos aferramos a la vida. Aún hoy, hacemos lo indecible por vivir. Por Vivir en mayúscula. Por no solo existir, aunque respirar sea un regalo, aunque agradecer sea de valientes, queremos vivir. Y vivimos.

No lo supimos nunca. No lo supieron ellos. Ahora, que todos somos “base material de estudio” de quienes no han nacido, cuando en la escuela se escriba como tema en pizarra “Combate cubano contra la covid-19”; quizás entendamos mejor que en cada momento vivido en este archipiélago, sus protagonistas eran como nosotros, gente común que se lanzó a vivir. Tocaba vivir. Era imperioso. Y vivieron. Haciendo cosas que, para ti, para mí, para muchos son heroicas. Para ellos era la propia vida naciendo, como se abre una flor, como madura un fruto, inevitablemente.

Cuando Raúl Gómez García escribía a cuatro dedos en su maquinita de escribir el Manifiesto del Moncada, no sabía que sería estudiado en las separatas de Historia de Cuba. Cuando los muchachos hacían sus prácticas de tiro, simplemente vivían. Lanzaban una ráfaga, se hacían burlas, se iban por una cerveza, visitaban la novia. Sabían, cuando subieron a los transportes que los llevaron a Santiago, que quizás no volverían. Pero no imaginaron que sus nombres estarían tapizando la Ciudad Heroína, que se eternizarían en calles, escuelas, centros de trabajo. No sabían en la madrugada, alzando las armas desde el fondo del pozo, con el frescor que bajaba de la Sierra Maestra y suavizaba una noche de carnaval, que serían recordados como los que fueron a despertar el porvenir.

No lo sabían. El combate no se lo dijo, la muerte y la tortura trataron de engañarlos. De seguro alguno pensaría: “¿ha valido la pena?”

Pero el Sol nunca miente. Es el mismo de siempre. De toda la vida. Le miró la cara a Martí mientras moría, y desde entonces buscaba, buscaba desesperado el brillo inconfundible de aquellas pupilas. Creyó verlo mil veces, pero eran espejismo, estrellas fugaces, luciérnagas que se apagaban en la noche. De pronto, sin esperarlo, lo vio en el amanecer del 26. La llama brillaba allí, en el mismo centro del Moncada. Lenguas de fuego eterno con olor a caballería mambisa. Inconfundible. Era el futuro que nacía.

Lo demás es historia. Solo eso. Sobre todo, eso. Ninguno de ellos supo cuando su sangre se hizo amanecer y se tatuó en el corazón de todos. Como no lo supo Céspedes, Maceo, tampoco lo sabía. Ni Mella, ni Guiteras, ni Camilo. No lo supo Nemesia, ni Fidel dirigiendo la batalla en Girón. No lo imaginaron en Angola, y muchísimo menos pensaron en eso las madres estoicas de los noventa, viviendo por que sí, porque no nos íbamos a morir. No mientras hubiera estrellas en el cielo, y amigos, y madres.

Hicimos historia. Nunca lo supimos. Nunca lo sabremos. Somos la historia. Así. Simplemente.

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One thought on “Somos Historia

  1. Los que se quedaron en casa serán parte de la historia rara vez elogiados. Muchos en todo el mundo han intentado hacer su parte frenando el avance de la pandemia. Felicitaciones a quienes hicieron su parte.

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