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Eso del derecho de la mujer es “complicado”. Ya para muchas es un teque de las apasionadas de la Federación, o de las “mediolocas” que andan en esa historia del enfoque de género y tal. Cuando se tienen las cosas, se vuelven rutinarias, normales, hasta aburridas. Tanto, que hay quien se da el lujo de despreciarlas. “¿Para qué?”, se preguntan. “La mujer ha sido siempre mujer”, afirman. Y entonces es lógico el embarazo a los 13, el hijo a los 14, el horizonte circunscrito a la casa. Así ha sido “siempre”. “Desde que el mundo es mundo”.

Sería bueno refrescar algunas memorias, o iluminar algunos entendimientos. Quizás sería beneficioso recordar a aquellos que hoy peinan canas, cuando ciertas muchachas miraron a los padres a los ojos en el medio del monte, cuando solo sabían de guayabas, tomeguines, ropa blanca lavada en el río y cocina de leña, y les dijeron: “me voy a estudiar”. A trabajar. A crecer. A organizarme en un grupo que me ve como “alguien”, no sólo como “algo” que se tiene en casa para “casarla bien”, y luego para parir. Yo me valgo sola. Yo me mantengo sola.  Yo soy.

Y de nada valieron los planazos, los gritos, las carreras. El mismo “espectáculo” se vivió en las ciudades. Casi niñas, vestidas de alfabetizadoras, de milicianas haciendo guardias, trabajando en fábricas, organizando la Federación. Aprendiendo algo impensable. Siendo.

Sería positivo recordar a las madres que la mejor enseñanza para las niñas no es el miedo al varón, el “calladita te ves más bonita”, el “no lo provoques”, o “él es bueno, pero bruto”, “el hombre tiene que ponerse fuerte para que lo respeten”, “él manda, porque es el hombre”. Así aprendieron muchas. Los resultados forman parte de ese inventario doloroso de miles de mujeres cubanas que se creyeron que todo, absolutamente todo en el mundo, iba primero que ellas. Era lo que les tocaba.

Podría ser bueno que los jovencitos que hoy se sobresaturan de Bad Bunny y sus “colegas”, que derraman “lindezas” irrepetibles sobre todo el género femenino, y repiten en casa y en la calle lo que de esa manera aprenden, descubrieran otra manera de vivir, pues esa no solo afecta a las mujeres, también a ellos mismos, víctimas de una supuesta “masculinidad normal”, que les impide sentir, expresarse, reconocerse en algo más que un “tipo duro”. No estaría de más que escucharan el “yo soy”.

Y aunque en Cuba se puede hablar con confianza de igualdad de derechos y oportunidades, sabemos todos que el camino que falta es el más difícil. Plasmar en ley una idea es lo más fácil. Lo complicado es “el nivel cortical”, como dice un amigo. Lo verdaderamente complejo es desaprender lo que aprendieron hombres y mujeres desde hace cientos de años, “saberes heredados”, y no por eso ni justos, ni ciertos.

Mucho le falta a la mujer cubana, que a pesar de todo ya dice cada vez más yo soy. No es sencillo. Están la casa, la familia, el barrio, los hombres y las mismísimas mujeres para recordarte que “no te toca”, “no es lo tuyo”, “algo harías”, “eso es de hombre”, “no es femenino”. Levantarse ante eso, aunque sea el primer paso, es de gigantes y de heroínas. Atrévete y dalo hoy. Mírate al espejo y pronúncialo mirándote a los ojos.  yo soy… yo soy… No te arrepentirás.

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