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Ya es el día. El día que era y es de fiesta. Momento especial para recordarlo, para sentirlo vivo, sonriente, feliz. Así vale la pena pensar en él, en la sonrisa pícara, en las bromas que hacía, en la gorra de pelotero del equipo Cuba. En el hombre detrás del mito.

Es mi alumno venezolano, con los ojos ingenuamente abiertos, que en plena Santiago de Cuba me dijo: “La verdad, mi papá me pidió que le llevara un pelo de la barba de Fidel. ¿Podré?”.

Es mi abuela y sus muchos retratos del héroe, los “¡Ay, Fidel!” cuando más se le extraña.

Es la imagen de una habanera cuando partió la caravana con sus restos, que deshecha en llanto miró al mar desde el Malecón, como si Fidel estuviera allí, en algún punto del horizonte.

Son los poemas, los dibujos de los niños, los cakes gigantes los 13 de agosto. Son las miles de cartas que tenían su nombre por destinatario, como examen final en la Campaña de Alfabetización.

Son los lobbys de los hoteles en cualquier parte del mundo, destrozados por la avalancha de periodistas cuando el Jefe llegaba. Él siempre fue la figura.

Son los cantos a tiempo de gospel en la iglesia del Bronx que coreaban su nombre. Es el abrazo de Mandela, la risa del Gabo, la fidelidad de Maradona, el amor filial de Chávez.

Es la urna que va a descansar en una piedra, en medio de tanto monumento elegante de Santa Ifigenia, porque toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz.

Es que no te vas nunca.

Es que no te olvidamos.

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