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Morales es la playa de la infancia. El tronco de árbol arrastrado por la espuma y los ojos inundados de azul, más fuerte abajo, más dulce encima. Es el grito al subir con la ola, y desplomarse con el frío en el estómago. El agua salada que deja rastros en los labios, que entrecierra los ojos, que se apropia del espíritu. El “diente de perro” que arranca los trozos de las suelas, el resbalón en las rocas de “la pocita”, el sargazo eterno, el agua enormemente fría de las ninfas. Es el mar que lanza un guiño y te lanza gotas de sal, te dice que te recuerda, que te vio saltando en las olas, que bebió la sangre de tus rasponazos, (porque “si no te das golpes no fuiste a Morales”); que escuchó tu risa y tus sueños, que se enterneció con tus fantasías, que fue testigo de tus primeros amores. Es esa imagen que se esconde a la mirada que se estrena, y que se va prendida detrás de las pupilas, con el último beso enviado al mar.

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