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Una sala de neonatología es un rincón para la esperanza. Allí dentro, entre paredes impecables, se lucha a brazo partido por la vida. Tras sus puertas se mezclan el miedo, la angustia, las lágrimas de desesperación; con la profesionalidad, la entrega, el sacrificio, el amor.  

Un breve recorrido por la que funciona en el Hospital Materno Infantil Luis Mario Cruz Cruz, de Banes, es la posibilidad de acercarse a los milagros cotidianos que entraña devolverle la salud a un recién nacido. Las anécdotas se mezclan, con horas, días, noches de angustia, familias relegadas por un pequeño que deja de ser ajeno para convertirse en un ser cercano al corazón. Operaciones que se extienden por horas, incluso cuando nadie creía que eran posibles, y que terminan con una sonrisa aliviada de los médicos y miradas mudas y agradecidas de unos padres a los que se les ha devuelto la alegría de vivir. Y todo esto sorteando escollos, muy grandes en este caso, pues para atender los padecimientos de los niños en sus primeros minutos de vida, son necesarios implementos especiales, medicamentos costosos, incubadoras con todas las condiciones que la medicina actual provee, locales con características propias de confort, climatización.

En fin. Cientos de aspectos que facilitarían la labor de los que allí laboran, que allanarían el camino de la recuperación, pero que muchos están vedados por el bloqueo. Un bloqueo que no entiende de nueve meses de espera, de la angustia del cunero vacío, de las idas y venidas de las madres hasta el cubículo pequeño, “a dar la leche”, dicen, pero van murmurando oraciones, anhelando el momento en que, por fin, puedan abrazar a sus criaturas, darles el pecho, cambiarles el pañal. Verlos sonreír.

El bloqueo no sabe de las horas de una doctora que une el día con la noche, y no cesa hasta dejar a un niñito fuera de peligro. El bloqueo no sabe de la enfermera que llora conmovida, sin que nadie la vea, y sigue confortando, ayudando, sanando. Por eso el bloqueo, y sus instigadores, no pueden comprender cómo, a pesar de él, cada amanecer en esa sala es el inicio de una nueva campaña por el bien, por la salud, por el futuro. Una campaña que, casi siempre, y bien que lo saben centenares de familias banenses, sale victoriosa. Quizás el bloqueo impida muchas, muchísimas cosas. Pero una sala de neonatología es un rincón para la esperanza. Y en Cuba, la esperanza nunca se pierde.

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