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Cuando se haga la historia, cuando se cuenten días y noches de desvelo por el bien común, cuando se escriba esta pelea cubana contra el demonio de la Covid, habrá un personaje plural y variopinto que no ha de ser olvidado. El maestro, el profe, con sus miles de rostros y sonrisas, con sus ratos de miedo y sus jornadas de heroísmo, con su siempre presente incondicionalidad.

Y es que pocos sectores han sido tan golpeados, tan enormemente vulnerables, con su carga de futuro dentro de las aulas. Pero como pocos han sabido una vez más levantar la bandera.

Han sido miles las trincheras. La maestra pegada al whatsapp y al teléfono fijo orientando a la familia aislada para que continúe la formación desde casa. Los profes en zona roja, vestidos de todo terreno, limpiando, repartiendo comida, lavando ropa, sonriendo, confortando. Las escuelas convirtiéndose en centros de aislamiento, en hospitales, en áreas de alojamiento para los deambulantes, en salas de psiquiatría. Y allí, siempre allí, la dulzura enorme del maestro, que puede ser hombre o mujer, profesora o auxiliar, cocinero o metodólogo. No ha habido distinciones, solo el ansia terrible de vencer. Vencer a toda costa.

Fotos: Carlos Manuel Rojas Véliz

Por eso no fue raro el escenario para la salvación. Que mejor que un aula para brindar luz. Por eso hasta allí llegaron las vacunas, Abdala para los grandes, Soberana para los pequeños, y la maestra que sigue la lista de sus muchachos, y llama a las madres, y organiza las colas, y se multiplica por cien y por mil. Porque la vacunación masiva entra en la historia cubana como una epopeya que también se viste de pedagogía, que tiene protagonistas enormes y sencillos, que no saben de descanso ni de sueño, que anhelan el momento de ver a sus alumnos otra vez.

Esos valientes trataron las afectaciones logopédicas con nasobuco, y con nasobuco enseñaron a leer, cuando muchos pensaron que no se podía. Esos valientes se apegaron a los cambios en los programas una y otra vez, se convirtieron en pesquisadores y en psicólogos, y aprendieron a dar escuelas de padres a distancia, y a crear grupos en las redes sociales, y a jugar con distanciamiento, y apostaron todos los días porque la catástrofe no le robara a nuestros niños la inocencia.

Hoy se preparan los maestros y profesores banenses para aplicar la pedagogía del amor, para recibir con ternura a niños, adolescentes y jóvenes que salen de un encierro necesario, de una lejanía dolorosa, y quizás, de una convalecencia o de la pérdida de familiares y amigos. Ajustes en los planes de estudio, y un corazón muy grande. Metodología, didáctica y cariño.

Se acerca una nueva batalla, pero los valientes, siempre están listos.

(Por Daniuska Alvarez Guerrero)

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