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Es imperativo desplegar nuestras capacidades emocionales y mentales, no para escapar, sino para polarizarnos positivamente la mayor parte del día. 

Los seres humanos disponemos de un equipamiento psicológico y emocional capaz de allanarnos el camino para una aceptación plena de las circunstancias que nos rodean, dado el caso (más común de lo que nos gusta), de no estar en nuestras manos poder cambiarlas.

El camino de la evasión es lo usual. Ese escape puede asumir la ingesta desenfrenada de bebidas alcohólicas o de comida, la auto incriminación y caída en un estado depresivo, la conversación frenética, todo tipo de actividad física o mental que se realice sin balancear. 

El consumismo delirante es quizás la forma de evasión que menos se acepta, y es de las peores, porque para muchos, en los países ricos, se ha convertido es un modo de vida. Hasta que el consumidor descubre que es, en realidad, lo consumido. Puede suceder que el individuo en cuestión pase, de abandonar las compras compulsivas, a asumir otra actividad pero con la misma actitud de frenesí. Esa actitud, que puede estar enmascarada, es el problema.

Existe una pléyade de hobbies, juegos y actividades creativas y enriquecedoras que podemos realizar. Cualquiera de ellas que hagamos balanceadamente, nos va a dar satisfacción y alegría.

En el contexto de nuestra cultura donde la interacción humana es un paradigma, la presente situación es bastante dolorosa. Pero es la realidad en estos momentos y tiene que ser digerida mentalmente. Buscar mecanismos de interacción que no incluyan el contacto físico, y usarlos inteligentemente, está a nuestro alcance. 

Sin embargo, debemos tener cuidado. Muchas personas necesitan desahogar con otra sus problemas específicos, es válido. Aunque ahí nos acercamos al peligro del desbalance otra vez. Es práctico recordar la conexión directa que hay entre el pensamiento y el habla. Lo que se piensa se repite y lo que se dice se refuerza en la mente. 

Estemos alerta. Cuando empecemos a enfatizar las consecuencias negativas del aislamiento, consecutivamente y sin freno emocional, démonos un golpe mental y cambiemos de raíz el tema del diálogo. Es algo que sin dudas podemos hacer: 

“Oye, llevamos diez minutos repitiendo lo mismo. Dime si viste el capítulo de anoche, de la novela”.

La actitud avizora es fundamental. Observémonos. Escuchémonos. La tertulia telefónica, por ejemplo, puede volverse mecánica y negativa. Y el resto del día nos va a parecer sombrío. Y no vamos a poder disfrutar de lo bueno que tenemos a la mano. Como esa novela, una película, o una hermosa canción que nos lave las emociones y nos permita irradiar paz.

No se trata de vivir en una burbuja. Al contrario, sabemos cuál es la realidad y estamos al tanto de los demás y en cómo ayudarlos. Se trata del despliegue de nuestras capacidades emocionales y mentales, no para escapar de este minuto, sino para polarizarnos positivamente la mayor parte del día. 

Ese es el camino para ayudar a nuestros seres queridos y a nosotros mismos, a pesar de las circunstancias.

(Tomado de Cubasí)

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