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“Vamos a pescar al cañón”. Esta frase, dicha entre dientes para eludir la vigilancia de los mayores, desataba los más fantasiosos sueños de los chicos. Ir a tirar los cordeles en los escarpados paredones y desafiar la corriente con pesadas potalas, casi era conquistar El Dorado.

Más, raramente, la vigilancia de tía Beba, de mamá, tío Noly y papá, sin contar la fiscalización de abuela Queri y abuelo Vicente, entre otros parientes, podía ser burlada en los inolvidables días de vacaciones anuales en playa Morales, en el flanco izquierdo del canal de acceso de la bahía de Banes.

“Ya están inventando y no van”, solían decirnos lapidarios, pese a todos los esfuerzos por aparentar normalidad en los preparativos de la carnada, los anzuelos y las tanzas, como si pretendiéramos pescar solamente en el boquerón abierto en el diente de perro frente a la casa, de tal modo que no quedaba otro remedio que esperar una nueva oportunidad para intentar la hazaña.

Fotos: Carlos Yeandro Guzmán Torno.

Mientras solíamos seguir soñando con los “grande pejes que picarían” en aquellas raudas aguas de entrada y salida de la vecina bahía, que solíamos oír en las noches y días de “calma chicha”, pero a cuya vista teníamos el acceso denegado por peligro.

Pasó el tiempo y miles de gaviotas sobre la mar. Crecimos. Y un día realizamos al fin el sueño, sin mayores consecuencias, pues no picaron los grandes pejes y perdimos una cantidad de anzuelos y plomadas que dejaron sin aliento a los jóvenes pescadores aficionados.

Sin embargo, el espectáculo visual era fascinante, los contrastes del azul más puro de las aguas con el verde intenso de los manglares costeros, anunciaban paz y tranquilidad. Ese día me propuse conocer un poco más de la bahía de mi pueblo natal.

Con el tiempo, los libros y un pertinaz espíritu aventurero, supe que era la primera del complejo lacustre costero del este de la provincia de Holguín, con no pocos atractivos naturales y también abrigo de importantes momentos de la historia patria.

Está ubicada entre el famoso cabo de Lucrecia, donde enseñorea desde 1868 un faro que protege la navegación en esa región y la no menos conocida península de El Ramón de Antilla.

Bahía clásica de bolsa, marca el extremo occidental de una secuencia de similares accidentes geográficos que se extienden hasta Yamanigüey, en Moa, a lo largo de casi 150 kilómetros, si no se consideran las que existen al oeste, como Naranjo, Jururú, Bariay y Gibara.

Las singularidades de este capricho de la naturaleza comienzan con el propio canal de acceso que abraza sus aguas con el océano Atlántico.

De trazado zigzagueante, sumamente estrecho, con fondo cenagoso bordeado a ambos lados de lomas cortadas a tajos, resulta impracticable su navegación para buques de altos tonelajes de desplazamiento.

En sus costas interiores abundan los manglares y otras plantas de interés, las playuelas en forma de conchas entre las que destaca la conocida por Jamaica y en los accidentes topográficos son de notar las puntas de Piedra y Pilón, y las ensenadas de La Raya y Júcaro. En general sus fondos son bajos y cenagosos.

La cuenca de esta hermosa bahía tiene alrededor de tres kilómetros de longitud y unos diez de ancho, donde afloran numerosos cayos y cayuelos, en los que resaltan los de La Iguana y Macabí.

En sus aguas, generalmente apacibles, habita una amplia cantidad de especies de peces, moluscos, crustáceos y algas, mientras sus zonas verdes las pueblan numerosas aves diurnas y nocturnas, fundamentalmente del ámbito marino.

Añádase a estos atributos naturales, el conjunto de hechos históricos de la que resultó escenario, entre los cuales destacan para la historia patria las expediciones mambisas de hombres y armas conducidas en los vapores Laureada, Dauntles y Florida, en apoyo a la Guerra Necesaria convocada por José Martí.

Aún es grande mi deuda de conocimientos con esta pequeña porción de la Isla que un día será surcada por embarcaciones de recreo y tal vez se conecte artificialmente con la cercana y majestuosa Nipe, para integrar un complejo acuático vinculado al turismo. Soñar no cuesta nada. Aún lo hago.

Tomado de ¡Ahora! Digital

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