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“Ellos saben que hay un hombre invisible, lo mismo que nosotros sabemos que existe un hombre invisible. Y ese hombre invisible, Kemp, tiene que establecer ahora su Reinado del Terror”. Así se confiesa Griffin, científico atormentado por las consecuencias de su experimento, a un amigo doctor. Después de sufrir lo indecible por el rechazo y el miedo de la sociedad, comprende al fin el poder que tiene en sus manos y la locura lo convierte en criminal.

Escrita en 1897, esta novela de H.G. Wells ensanchó el bestiario del terror conocido al incorporar el miedo a lo intangible, al monstruo que al no estar definido, puede encontrarse en cualquier parte. Tuvo numerosas adaptaciones al cine, entre ellas la pionera de 1933 con Claude Rains como el científico asesino, una comedia de 1992 y la malograda propuesta de Paul Verhoeven en el 2000, “Hollow man.”

Recientemente, salió a la luz la última versión cinematográfica de “El hombre invisible”, bajo la dirección de Leigh Whannell y con Elisabeth Moss en el papel principal. Aunque siguen estando presentes los elementos de la novela original, la protagonista ahora es su esposa: una mujer, tras el suicidio de su abusiva pareja, debe convencer a los demás de que él aún la acosa.

Whannell como realizador se ha sabido labrar un nombre en la industria del género. Recordemos que es una de las dos mentes creadoras del filme de culto “Saw” (con una escena final que ya se ganó su lugar en las memorias del cine). No se destaca por tener grandes pretensiones (para “El hombre invisible” contó con un presupuesto de solo 7 millones de dólares) ni de obsesiones perfeccionistas, aunque ha probado que sabe tomarle el pulso a una buena historia.

Para esta producción tuvo el acierto de incluir a Elisabeth Moss. A pesar de ser una actriz muy talentosa, bien pudiera denominarse “la mujer invisible” para Hollywood pues solo le han otorgado pequeños roles. Por suerte, ya ha venido demostrando lo que vale en las series “Mad men” y “El cuento de la criada”, sin contar su papel como la escritora Shirley Jackson en la película homónima. No es uno de los rostros congraciados de la meca del cine, pero tiene la facilidad de las expresiones a flor de piel, a veces sin mediar palabra alguna.

Dicha capacidad le viene como anillo al dedo, pues en su personaje de Cecilia Kass, se resume todo el terror que nos escamotea “El hombre invisible”. La película se asienta en la paranoia asfixiante de una esposa maltratada. Maltrato que no vemos físicamente, sino a través de los estragos que ha causado en el espíritu de la víctima.

Algunos que siguen esta temática, asociarán el filme con otros de conflictos similares como “Durmiendo con el enemigo” (1991) y la más reciente del 2004, “Nunca más”. Pero a la creación de Whannell se suma el lado oscuro de la ciencia, tema medular de la obra literaria original. Cecilia huye lejos de su esposo Adrian Griffin (Oliver Jackson-Cohen), ingeniero brillante en el campo de la óptica, y se refugia con unos amigos. Su pesadilla no llega ser demasiado larga: recibe la noticia del suicidio de este poco después. Sin embargo, cuando intenta salir adelante, se siente acosada otra vez. Aquí reside uno de los verdaderos aportes de la película: la visión de la mujer maltratada con el aditivo de que nadie la cree, ni nosotros mismos al principio. Creemos asistir a otra historia de esquizofrenias, pero el curso de la trama nos irá convenciendo de lo contrario.

En “El hombre invisible”, Whannell da un salto de calidad de sus típicas escenas gore al espacio de la paranoia, al horror que imaginamos y no al que advertimos. La filmación es mayoritaria en interiores para lograr ese sentimiento claustrofóbico de asedio y persecución. Tomas de cámara que siguen la línea visual del espectador a vacíos inquietantes como una forma diferente de manejar el terror, pues es este un género que se sostiene precisamente por la complicidad del público como testigo.

Incluso la propia narrativa del monstruo invisible cambia. Este Griffin no es como sus antecesores, torpes en su desplazamiento y que alertaban de su paso a través de los objetos rotos o desplazados. Asistimos a un duelo de habilidades, al reconocimiento de los límites y posibilidades del otro, que en Cecilia se vuelve una odisea para intentar demostrar lo que no se ve.

Por supuesto, no faltan escenas típicas del género, en los que el guion afecta en momentos el buen ritmo de la historia. La banda sonora se vuelve a veces chocante y poco acertada con la acción que acompaña. Recordemos que la autoría es de Benjamín Wallfish, con títulos a su espalda como la última versión de “It”. Pero no resulta efectivo repetir la fórmula y más cuando tratamos con otro tipo de terror.

No obstante, bien valen las palmas para esta última realización de Leigh Whannell, que demuestra una vez más que se puede crear mucho con poco. No le hace falta derroche de efectos para actualizar un clásico y así se apega al suspenso en su estado primigenio, de quien fuera Hitchcock un maestro.

A diferencia del filme de Verhoeven, que se derivó por la vertiente tecnológica más que la humana, lo central en esta propuesta es el crecimiento gradual de la protagonista para superar sus miedos y enfrentarlos. Y el enemigo no es la típica aberración, sino el hombre invisible del maltrato familiar en el presente: el caballero de la sociedad que se transforma en monstruo al traspasar la puerta de casa.

La víctima que calla, y cuando habla, pocos le creen. La violencia de género sin tapujos ni medias tintas. Ahí radica el verdadero terror que no se ve.

(Tomado de Cubadebate)

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