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La década de los 90 del siglo pasado trajo aparejada una ola de nostalgia internacional, luego de que los nuevos tiempos acabaran con los viejos cines que hicieron época por su gigantismo y glamour

Unos cuantos ya no están, pero dejaron huellas, y cualquier amante de la pantalla grande pudiera reordenar urdimbres de vida recordando las películas que en ellos disfrutó.

La década de los 90 del siglo pasado trajo aparejada una ola de nostalgia internacional, luego de que los nuevos tiempos acabaran con los viejos cines que hicieron época por su gigantismo y glamour. Recuerdo en especial la crónica desgarradora de un crítico argentino porque una renombrada sala de Buenos Aires, otrora acogedora de Chaplin y Gardel, había sido convertida en parqueo.

La reconversión tecnológica vinculada con la exhibición venía sufriendo transformaciones –como toda la denominada industria del ocio– pero aquellos años 90 resultaron decisivos en la concepción de un nuevo tipo de sala más pequeña, con varias pantallas que posibilitaban exhibir diferentes filmes y vinculadas, por lo general, a centros comerciales.

Las llamadas nuevas tecnologías, que posibilitan «llevarse el espectáculo a casa», conspiraron igualmente contra las salas tradicionales y hoy día es mucho lo que se inventa, tanto en el terreno del marketing, como en la calidad de la exhibición, en aras de frenar el exterminio de los cines. En nuestro caso, el factor económico ha sido determinante para que se concentren los recursos en privilegiar la atención a los circuitos más céntricos y, por ende, populosos.

Buena parte de los  cines de barrio se han convertido solo en  un ejercitar de memorias,  y a cada rato recibo cartas de amigos lectores recordando los buenos momentos vividos en las matinés que tanto nos marcaron.

El contacto inicial con la sala oscura, la primera vez que nos dejaron ir solos a un cine, los títulos más impresionantes y, por supuesto, el momento a partir del cual  –ya acompañados– se buscó el lugar más íntimo y oscuro, allí donde la acomodadora raramente llegaba con su fastidiosa linterna.

El estigma del arroyo (Robert Wise, 1956). Foto: Cartel de la película

El Majestic, en la calle Consulado, sirvió en los años 50 del pasado siglo para demostrarme que el cine podía ser algo más que las películas de piratas y cowboys que tanto me hicieron soñar. Al este del paraíso (Elia Kazan, 1955), con un fabuloso James Dean reviviendo el drama de Abel y Caín, a partir de una novela de Steinbeck, fue la primera señal de que sentimientos y entendederas podían abrirse desde una proposición artística superior, quizá demasiado superior para un niño de 11 años.

El Verdún, próximo al Majestic, con su techo corredizo que se abría a las estrellas, ratificaría ese tipo de cine con El estigma del arroyo (Robert Wise, 1956) que presentaba a un desbordado Paul Newman reviviendo la hazaña de un campeón de boxeo, el «inadaptado social» –como se decía entonces– Rocky Graciano.

Dos sentimientos se me aúnan al recordar aquellos dos cines que tanto amé: el del niño que no hubiese querido que las largas tandas se acabaran nunca, y ese mismo niño, desesperado a veces, horas antes de comenzar la función, porque la peseta que me abriría las puertas de la felicidad no aparecía por ninguna parte.

Ya en los 60, los cines próximos al Prado fueron decisivos en la formación de un gusto (y un interés «extra»), que es imposible olvidar la primera vez que, con 16 años, entré al Capri –con sus películas francesas– y todavía sin sentarme me recibió una escena donde la protagonista, sin ton ni son, se quitaba la blusa a pantalla completa. «Buen cine», me dije, dispuesto a repetir la tanda, pero ni una vez más hubo trapos al aire.

Los cuatrocientos golpes (Truffaut, 1959). Foto: Cartel de la película

En el Payret fueron la devastadora Los cuatrocientos golpes (Truffaut, 1959) y con ella, la inmersión en la Nueva Ola y La soledad del corredor de fondo (Richardson, 1962), lo mejor del Free Cinema inglés, con sus conflictos sociales como respuestas a los temas amelcochados de Hollywood. En el Campoamor vi levantarse a no pocos espectadores y abandonar la sala, ofendidos por las «duras» secuencias de La fuente de la virgen (Bergman, 1960); en el Astral mi madre se me abrazó alarmada viendo Tiburón, y también me rechazaron a mi hijita Mariela, disfrazada de mujer para que la dejaran ver La vida sigue igual (Eugenio Martín, 1969). En el Chaplin, banquete con lo mejor: Antonioni, Fellini, Kurosawa, Visconti, Godard y su Sin aliento (1960), Pasolini y la polémica Acatone (1961), el Nuevo Cine Latinoamericano y, ¡que suenen las campanas!, Memorias del subdesarrollo (Gutiérrez Alea, 1968), un filme bendecido por el don de no envejecer y que he visto más veces que Casablanca.

¿Solo películas y salas?

Influencias, razonamientos, aprendizaje, dudas y certezas, emociones y misterios reposados, o a flor de piel,  mientras  La Habana de mis amores (y de mis cines),  me  tienta retadora. 

Autor: Rolando Pérez Betancourt | internet@granma.cu

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