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El hecho de ser posiblemente La mula (2018) la última película de Clint Eastwood en la doble función de actor-director, ha hecho que una cierta crítica –estadounidense en su mayoría– romantice elogios a quien es considerado una leyenda viviente de la cinematografía de ese país

Autor: Rolando Pérez Betancourt | internet@granma.cu

La mula, último filme de Clint Eastwood.
La mula, último filme de Clint Eastwood. Foto: Fotograma de la Película

El hecho de ser posiblemente La mula (2018) la última película de Clint Eastwood en la doble función de actor-director, ha hecho que una cierta crítica –estadounidense en su mayoría– romantice elogios a quien es considerado una leyenda viviente de la cinematografía de ese país.

Larga y desigual carrera la de Eastwood, en la que no han faltado excelentes realizaciones, como las dos cintas ambientadas en la contienda contra Japón durante la Segunda Guerra Mundial, y también bodrios sentimentales, al estilo de El francotirador (2014), calificada por Michael Moore como «racista y descaradamente propagandística».

Un cine clásico el de Eastwood quien, ya en su vejez, insiste  en  llevar a las pantallas las reflexiones propias de un hombre que desde posiciones conservadoras ha visto pasar la vida y, en ocasiones, no tiene pelos en la lengua para criticar aspectos de la propia  ideología abrazada.

Hay que aplaudirle que próximo  a cumplir los 90 años, el vaquero insignia  del western spaghetti se mantenga activo y hasta nos regale una destacada actuación en La mula; no  así una buena película como director, porque esta historia, extraída de la realidad, termina siendo ingenua y altamente predecible, incluso dentro de los parámetros del antihéroe sentimental tan caro a Hollywood.

Al igual que en Gran Torino, su personaje es un veterano de la guerra de Corea a quien le cuesta adaptarse a la movida de los nuevos tiempos, incluyendo internet.

El guion hace lo posible para que la imagen de ese hombre no se empañe demasiado como mula de los narcotraficantes, de manera de redimirlo al final. Primero se nos muestra como un ser cándido que no sabe lo que hace (¡ni siquiera mirando a los personajes tremebundos con los que tiene que liar?), luego sigue en la tarea porque debe ayudar a la nieta a salir adelante en sus apuros monetarios, y así una justificación tras otra.

Por otros rumbos, una fuerza policial con personajes que sobran tiene una participación anodina dentro del guion, lo que hace pensar que los guardianes de la ley están ahí solo para amparar las escenas finales del agente de la dea, Bradley Cooper, con el pobre anciano, encuentros almibarados, mientras por el camino quedan cabos sueltos y una gran pregunta: ¿es posible que la enjundiosa fuerza de la dea se haya propuesto desarticular al cartel mexicano siguiendo solo los recorridos de la vieja mula?

La pregunta se responde a partir del protagonismo absoluto con que está concebido  el personaje de Eastwood, porque el conflicto con las mujeres (ex-esposa, hija y nieta) está tratado igualmente con rasgos gruesos y en la frontera de lo sensiblero, más bien como para subrayar la trayectoria casquivana del floricultor. ¿Los mexicanos y latinos involucrados a la trama? Con la excepción de rigor, puros estereotipos.

Sin duda el prolífero Clint  Eastwood tendrá un lugar en la historia del cine, pero tratar de compararlo desde ya –como se viene haciendo por unos cuantos– con directores de la talla de Visconti, John Ford y Kurosawa, pudiera sea demasiado.

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