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Remedios es un museo de vida, que dos veces al año, el 24 de junio y el 24 de diciembre, se llena de enjambres de hijos de toda la isla y el mundo, quienes vienen al viejo San Juan como en peregrinaje hacia los orígenes de la nación

Las parrandas de Remedios.
Las parrandas de Remedios. Foto: Ismael Francisco

Al final de todo año, Remedios vuelve sobre sí misma, las Parrandas reúnen a la familia que convierte en remedianos a cada uno de los nacidos en el archipiélago; pero también, cada 24 de junio, los nacidos en la octava villa caminan sobre sus pasos, para asistir a la misa del Santo Patrono y el incendio de las cabañas de madera alrededor de la Plaza Central, lo cual marca un año más en los ya 504 de existencia de ese sitio singular y primado.

Allí, en una esquina, yacen los cañones que otrora defendieran la plaza del mar del norte cubano, contra la alianza de los piratas que se enseñoreaban de la región; por eso, los habaneros del siglo XVII y la misma Corte le otorgaron a Remedios un puesto de hidalguía entre aquellos villorrios, por mantenerse fiel frente a un enemigo que ya adelantaba a otros tantos enemigos.

Enterrados para siempre, los cañones cuentan la historia de unas piedras defendidas por las mujeres de Remedios, quienes en su Carta de las Matronas definieron por primera vez en estas tierras lo que ellas llamaron Patria, de donde nunca se irían, aunque hubiese tretas de demonios inventados y reales. El episodio, recogido por Fernando Ortiz, se pretirió, como casi toda la historia de una ciudad que acompañó a Cuba en cada momento.

Remedios asistió como esa bella de sueños y despistes, con los pies puestos en el suelo, aunque saliera volando de vez en vez. Allí estaban los esclavos que lucharon en la defensa de La Habana contra los ingleses, salidos de las plantaciones remedianas, como Patricio, luego transformado en una leyenda relacionada con las nubes de lluvia, que siempre se forman hacia la parte sur de la ciudad para caer en vendavales. «Miren cómo está la cabeza de Patricio», dicen aún los remedianos mientras señalan hacia un cielo enmarañado como los cabellos del esclavo.  

Martí, esa fuerza telúrica de la nación, no llegó a estar en tierra remediana, pero los nacidos bajo las matas de nísperos y el tañido de la Iglesia Mayor San Juan Bautista sí conocieron al Apóstol. Sobre Francisco Carrillo, General de tres guerras y parrandero que armaba sus partidas de bullas y alegrías, dijo Martí en el periódico Patria que era como un dios de barbas doradas, capaz de revivir en una crónica las cargas a machete, la toma de los fortines en las cercanías de Remedios, el galopar de la caballería. En una esquina de la calle La Mar vivió sus últimos días el Teniente Crespo, a quien Martí exaltara en una de sus crónicas de Patria: tantas heridas de bala tenía, que no pudo participar en la guerra del 95.

Allí, en la calle Maceo, descansa esa joya de la historia cubana que es el Museo Francisco Javier Balmaseda, fundado por los hermanos José A. y Carlos A. Martínez Fortún, dos consagrados que le dieron a Cuba grandes momentos en la investigación y la enseñanza de la historia local y patria. Y todavía hay quien dice que por los pasillos de la Casa Museo se ve la figura de Alejandro García Caturla tarareando su Danza del Tambor, o que oyó su piano sonar en la noche, cuando la plaza está desierta.

Sí, Remedios es un museo de vida, que dos veces al año, el 24 de junio y el 24 de diciembre, se llena de enjambres de hijos de toda la isla y el mundo, quienes vienen al viejo San Juan como en peregrinaje hacia los orígenes de la nación.

Tomado de Granma. Autor: Mauricio Escuela | internet@granma.cu

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