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Eltrabajo de los centros quisqueyanos, y en especial Delgado, fue un real azote para nuestros internos. Foto: Fiba Américas.

Fue una lección de baloncesto de punta a punta, como si se tratase de un curso de merengue para principiantes, lo visto en Punta Cana, donde la escuadra de República Dominicana mayoreó a Cuba 96-60 (23-16, 18-13, 23-26 y 32-5), para afianzarse al frente del grupo C de las ventanas mundialistas con tres triunfos y una sonrisa.

Los anfitriones fueron mejor en toda la ruta, y en todos los indicadores de juego colectivo, algo que adoleció Cuba desde el silbatazo inicial, y que nunca tuvo la capacidad de engranar con todas las de la ley, ni siquiera cuando estuvieron solo un punto debajo en el marcador 50-51.

Hablamos de mejor rotación del esférico, juego perimetral certero y poder anotador desde la larga distancia por parte de los quisqueyanos, con triples que cayeron como dagas en diferentes situaciones del partido.

Algo que desde mi criterio fue definitorio en las aspiraciones de los comandados por José, “Pepe”, Ramírez, fue la ausencia de variantes ofensivas, la pobre conducción de sus armadores, y por consiguiente las imprecisiones o inefectividad en ataque, derivadas de pérdidas de balón o mala selección de tiros.

Ni Osmel Oliva, ni Yuniskel Molina, ni Pedro Roque hallaron argumentos sólidos en su condición de armadores, ya fuere intentando meter la bola en la zona pintada para Jasiel Rivero o Yoel Cubillas, o para moverla en busca del lanzador desmarcado.

Con esas limitantes de inicio resultaba muy complicado ir a por el partido, independientemente de ciertos intervalos de lucidez, o reacciones antillanas, como electro-shock esporádicos, y los buenos performances en el orden individual de Karel Guzmán (20ptos, seis rebotes, par de asistencias, dos robos y otros tantos bloqueos); y Rivero (16-4-1), únicos con dobles dígitos.

Justo ahí radicó otra falencia de los de la Mayor de las Antillas: la poca capacidad resolutiva de sus restantes piezas, una banca incapaz de oxigenar el juego y, por consiguiente, cuando los picos de presión del choque se dispararon, el desplome.

Del otro lado de la cancha descollaron cinco hombres con dobles figuras, para no extrañar en lo absoluto la ausencia del experimentado centro titular Eloy Vargas, quien abandonó la cancha por lesión cuando acumulaba 15 cartones y ocho tableros. Los restantes agraciados fueron: Adonys Henríquez (19-1-1), Gelvis Solano (10-3-7), Ángel Delgado (14-11-2), y Luis Montero (17-2-3).

Números que dan fe

Una mirada a las estadísticas colectivas arroja que los de Quisqueya dominaron en toda la ruta:

Tiros de campo 52% por 34%; encestes de dos puntos 58.10% vs. 45.90%; triples 40.90%-16%; libres 76% ante 63.60; rebotes (44-33 y 13-12 en los ofensivos); asistencias (19-10); robos (11-8); bloqueos (4-2); pérdidas (17-19).

A eso le adicionamos otras variables de consideración asociadas a la capacidad anotadora de uno y otro elenco:

Puntor tras pérdida: 16-22; por contraataque: 14-29; segunda oportunidad: 9-22; en la pintura: 30-46; y desde la banca: 7-38.

De ahí la abultada diferencia en el marcador final, con un último periodo en el que nuestros representantes solo anotaron cinco unidades, con casi los cinco minutos iniciales sin encontrar el aro.

En fin, de los tres desafíos que ha disputado Cuba, esta ha sido la versión más desconcertante, con grandes falencias en materia de juego colectivo, más allá de la madurez individual que evidenciaron Guzmán y Rivero, insertados en certámenes ligueros cualitativamente superiores.

Otra moraleja después de visto el desafío radica en el hecho de que los cuatro hombres insertados en Nicaragua no demostraron estar al nivel de sus adversarios de turno, lo que constata que dicha competición posee un nivel cualitativo inferior a muchas otras que se disputan a este lado del Atlántico, como la de Argentina, donde se desarrolla el alero Yoanki Mensiá, el otro que demostró mayor soltura en su juego y confianza a la hora de decidir qué acciones tomar.

Si para sus restantes tres compromisos nuestra armada no eleva considerablemente su juego colectivo, tanto en ataque como en defensa, en posicionamiento de los hombres sin balón, búsqueda de variantes y hasta maña para definir, continuarán muy limitadas sus aspiraciones de avanzar y desafortunadamente puede que se repita alguno de estos abultados marcadores nuevamente ante los dominicanos o frente a los canadienses, colectivamente el elenco más fuerte de este apartado C.

Crucemos los dedos para que en los cotejos que nos restan por disputar se incorporen piezas de la envergadura del pívot Javier Jústiz y el alero de poder Marvin Cairo, pues ni Freddy Marín, ni Neisser Coutín, como tampoco Pedro Bombino, dejaron huella alguna en el tabloncillo.

Quizás para esos cotejos se acuda, además, a la experiencia del centro zurdo Orestes Torres, pero todas esas son incógnitas por despejar aún, como también lo fue en la noche de lunes en Do Mayor, el juego de los cubanos.

Definitivamente fue un lunes de merengue, al más puro estilo de Juan Luis Guerra y su 440, por sobre el Son.  

(Tomado de Cubasí)

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