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Las tijeras, agujas, y, claro, la máquina de coser, son sus “amigas” inseparables, y así, compartiendo con ellas su jornada, encontré a Araelia Rodríguez, mujer que con pinceladas mágicas de arte, corte y costura hace diseños, transforma otros y hace nuevas, y a la moda, prendas de vestir que muchos tenían olvidadas en los armarios.

“Creo que no hay algo en este oficio que se me haga difícil e imposible, lo que más disfruto son las piezas de canastilla, las sabanitas, cobertores y, sobre todo, la ropita de bebé. Muchos niños y niñas que hoy ya son hombres y mujeres usaron estas prendas, así como mis hijas y mis nietos; bien pudiera decir que he vestido a más de tres generaciones de mi familia”.

El arte de corte y costura le nació del alma, y por ello no escatimó en esfuerzos para hacer realidad su sueño.”Realmente esta vocación nació conmigo, yo era entre mis hermanas la que hacía todo la ropa de las muñecas e inventaba diseños. El Curso de corte y costura no fue complicado en cuanto a los conocimientos, porque me gustaba tanto que en la casa practicaba todo el tiempo y siempre salí muy bien en todo. Recuerdo que fue una experiencia maravillosa recibir este diploma de Graduada en corte y costura; además, valió la pena las caminatas desde mi casa, en Dumois, hasta Río Seco, que era bastante lejos, y como fue en pleno Período Especial, no había transporte “.

Lo cierto es que las costureras en Cuba son personas de gran reconocimiento en la sociedad, y si nos adentramos en las calles de nuestro municipio y preguntamos dónde vive la costurera, no son pocos los que en instantes explican, dan datos y hasta te acompañan a sus casas, moradas donde la magia reina y estas señoras, con paciencia infinita de hadas madrinas, convierten vestidos en blusas, pulóveres en licras, pantalones XXL en una talla bien apretadita, como las que hoy visten nuestros adolescentes y jóvenes.

Podría llamárseles también camaroncitos duros, pues sacan del apuro a clientes que buscan lucir modelos únicos que solo existen en catálogos, revistas o su propia imaginación.

“Para mí, la mayor satisfacción es que los clientes se sientan complacidos, y por eso me esfuerzo cada día para hacer realidad en tela, con hilo y aguja, los modelos que me piden. Muchas veces veo en la calle estos modelos, otros son propios de mi imaginación, me encanta bordar, coser y, sobre todo, crear, porque esta profesión es mi vida y sin ella no sé, no puedo estar. Ya tengo una máquina eléctrica y he mejorado mis maneras de hacer. Todo lo que tengo y lo que soy, se lo debo a esta labor”.

Esta profesión es bella, pero sacrificada, y aunque el refrán diga que hay cosas fáciles, como coser y cantar, se debe tener presente que las personas que se dedican a convertir un simple retazo de tela en una prenda de vestir, hacen único su paso por la vida, porque cosen sueños, bordan historias y llenan de dicha nuestros días.

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