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Estaba tensa, a pesar de las bromas durante los minutos de trayecto; entramos todos y sentí un escalofrío que me carcomía los huesos, y no era precisamente por el aire acondicionado.

Unos a otros nos ayudamos a vestir con todo lo necesario, nuevamente sonreímos con las ocurrencias de nuestros compañeros que hasta sufrieron percances al tener encima tanta ropa; vi en segundos a algunos sudar a chorros, voces entrecortadas y hasta sentí que el corazón se me desbocaba en el pecho.

Hubo un instante de silencio, cada cual reflexionó consigo mismo. Ahora sé la respuesta a esa interrogante que tantas veces he hecho en estos dos años de pandemia, porque vivimos la Zona Roja del hospital clínico-quirúrgico “Doctor Carlos Font Pupo” en carne propia.

Nuestro equipo de prensa ya estaba listo, tomamos la instantánea del momento y nos adentramos hasta allí, a la primera línea, a percibir con nuestros propios ojos el fuego cruzado entre el ejército de batas blancas y el mortal virus.

La Unidad de Cuidados Intensivos, la terapia intermedia y las otras salas para convalecientes nos mostraron la cruda realidad de las historias que tantas veces héroes anónimos confiesan en nuestros micrófonos. La batalla por la vida es dura, te estremece toda y estruja el alma. Sin embargo, el deber nos hace fuertes, seguros, la voz que quizás el minuto de temor quebrantó, se vuelve clara, el cuestionario que pensaste llevar a cabo se cambia por otro que se nutre de lo que sientes, de los que ves, de lo que vives.

Caminamos al unísono, guiados por un especialista de andar apresurado, la costumbre de estar tras los pasos de médicos y enfermeras de los servicios de emergencia para él era algo cotidiano, para nosotros una experiencia única.

Llegamos al umbral de la sala de cuidados intensivos y nos encontramos con la mirada curiosa de la auxiliar de limpieza, una mujer de pocas palabras, pero sí de mucha acción, que nos comentó que ya había vencido un poco el temor del contagio porque se cuidaba mucho. Luego se abrió la puerta y allí estaban los pacientes más graves y críticos, quienes la muerte quiere arrebatarle la existencia.

Estar tan cerca de ese pequeño hilo que te une a la vida me heló la sangre y me hizo tragar en seco. Una joven doctora se presentó y dio testimonios de esperanzas y también de desgarramiento y dolor cuando contó de aquellas horas tristes donde es imposible salvar. La entrega y consagración de un equipo de ángeles de batas blanca será parte de muchas crónicas que contaremos muy pronto en otras páginas.

De aquella fría sala nos trasladamos a otras, en los pasillos reconocí rostros tras muchos medios de protección y un orgullo inmenso me llenó de regocijo al saberlos valientes y útiles en posiciones estratégicas e importantes: pantristas que llevan los alimentos a los enfermos y muchas veces hasta ayudan a que estos puedan comerlos, camilleros, enfermeras y médicos a los que solo hace unos días recuerdo en aquel acto con su título de recién graduados.

Estuvimos al tanto de la cobertura de medicamentos, capacidad de camas, exámenes que se realizan, calidad de la dieta de los convalecientes y todos los detalles que son imprescindibles para una atención especializada. Era como entrar en uno de esos tantos reportajes que nuestros colegas pasan por la televisión, pero esta vez la pantalla no estaba en el calor del hogar, sino frente a nosotros, con toda la realidad de la covid-19, una dolencia que hace deteriorar la salud de todos los grupos etarios.

Ya mi corazón iba más tranquilo, el olfato que señala los acontecimientos se agudizaba a cada paso, estábamos viviendo la noticia. Valiéndonos de artilugios grabamos las narraciones de pacientes que contaban sus síntomas, sus miedos y agradecimientos.

Todo marchaba bien, no se escapó ni un detalle, y nuestras manos estaban unidas a la solución desinfectante. En los últimos renglones de esta intensa crónica que se escribía a golpe de verdades comprendidas, alguien tras la puerta de cristal dijo mi nombre, fue como si estallara el vidrio con solo escuchar su voz. Al volverme encontré a un trabajador de la salud que también había sido presa del coronavirus. Hace solo unas semanas fue protagonista de uno de esos testimonios radiales que cuando terminas de editar te embarga un sentimiento inigualable y agradeces al destino por escoger esta profesión.

Lo primero que me vino a la cabeza fue una palabrota de esas que nunca digo, la pantalla de protección se me empaño y estuve a punto de romper en llanto. El municipio de Banes está en trasmisión comunitaria, cualquiera puede contagiarse, pero duele cuando sabes de alguien que conoces, aunque sea de lejos, con el que compartes una conversación, y en ella, parte de su leyenda personal. En ese segundo agradecí encontrar rápido las palabras de aliento y que estas fueran articuladas con la seguridad de fundar una esperanza.

Esas horas en la Zona Roja nos cambiaron a todo. Cuando volvimos a nuestra habitual manera de vestir, nos veíamos normales, como en cada jornada de trabajo, pero muy adentro, en la propia esencia, estoy segura que cada integrante del equipo de prensa, como yo, sentía que algo crecía en el corazón y germinaba como el árbol de la vida, que con fuerza se ramificaba en todo el cuerpo.

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