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El nuevo día anuncia, según los complementarios, que las plaquetas están bien, no han bajado. Una buena señal. Hoy, en la visita de los médicos y en la entrega de guardia, mi pronóstico es favorable, porque los dolores están disminuyendo y la fiebre se ha marchado. Me siento mejor, mucho mejor.

Durante el resto del día, escucho las conversaciones de mis compañeros de ingreso, sus chistes, de los que también fui partícipes. Allí conocí la elocuencia de las palabras de Raúl, quien era consciente que su lugar era el hospital hasta que estuviera bien, pues la esposa espera el nacimiento de su primer bebé. Me contagié, pero esta vez de la alegría de Matilde, porque es abuela de una niña maravillosa; del orgullo de José, porque sus muchachos son buenos y trabajadores, y hasta del temor de un amigo cochero por las inyecciones.

Luego, en la tarde, llegó Luis con buen ánimo, que fue disminuyendo a medida que el cuerpo se debilitaba. Sufrimos junto a Rodolfo sus fiebres interminables, que lo dejan sin fuerzas y con suero constantemente. Reímos con Antonia y la acompañamos para que no se sintiera tan lejos de casa y de su país.

Allí, bajo los mosquiteros y con los nasobucos puestos, nos convertimos en amigos, y a pesar de las molestias, del calor y las altas temperaturas en los termómetros, demostramos cuán solidarios, fuertes, jaraneros y, sobre todo, humanos somos los cubanos.

ENTRE EL DOLOR, EL RELOJ Y UNA INESPERADA VISITA

Los fuertes dolores me despiertan, la suerte ha cambiado, el paracetamol se convierte en mi mejor aliado, después de media hora puedo ponerme en pie, el agua fría de la ducha es un aliciente. El desayuno es despedido con una mueca de desgano y luego la gelatina me saca de mi lectura para, poco a poco, ir cambiando el rostro desaliñado por uno en el que se dibuja una sonrisa.

Una siesta de unos minutos me reconforta y cuando vuelvo la mirada en el mosquitero encuentro una inesperada visita, enviada por la naturaleza, y es que allí hay un insecto, un saltamontes verde, (llamado también esperanza) como mi acompañante. Todos se sorprenden pues este animalito pasa junto a mí todo el día.

Las horas parecen estar dormidas, los minutos son interminables, pasan las enfermeras, la rutina es la misma, luego los médicos, el dolor disminuye y la luz del día desaparece dándole paso a una oscura noche.

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