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Tuve covid-19. Los síntomas que ya conocía por escuchar tantos testimonios desgarradores de quienes habían padecido esta enfermedad me lo reafirmaban. Conocer a profundidad sobre esta pandemia convirtió esta experiencia en una de las situaciones más difíciles que he experimentado en mi vida. El temor a sus consecuencias, muchas veces funestas, no recayó en un primer momento en mí, realmente sentía que el alma se me estrujaba toda al pensar en mis hijitas, que también estuvieron positivas. Los cuatro, pues mi papá también la tuvo, sentimos los vientos fuertes de este huracán devastador que azota al mundo dejando dolor y perdidas que marcan una huella imborrable en el corazón.

En medio del desespero, con ese nudo en la garganta que te roba los vocablos y logra que rompas en lágrimas, llegó el doctor Argel con parte del equipo de respuesta rápida de la policlínica “César Fornet Fruto”. Un test rápido me confirmó la más triste noticia que podía recibir, una que no acapararía titulares ni en los diarios ni en la radio, pero que me retumbaba en los oídos con altavoces quebrando mi propia esencia. En ese momento tuve la certeza de que no era capaz de avisarle con tranquilidad a los más cercanos de nuestro estado de salud, pues cada palabra parecía salir mascullada con el sabor amargo de una despedida. Estábamos enfermas, mi madre se desgajó en llanto, el cuerpo se me estremeció todo y sentí en carne propia lo que es la covid-19.

Llegamos al Hospital Materno-Infantil “Doctor Luis Mario Cruz Cruz”, aferrándonos unas a otras como si nos fundiéramos en un solo cuerpo. Mis hijas temblaban como hojas que sopla el aire frío del invierno, los exámenes, las preguntas, declaraciones, todo te abrumaba. Tuve un instante en el que la cabeza me dio vueltas y fue como si me convirtiera en espectadora de aquella escena de miedo, tristeza y angustia. Arreglamos todo en la Sala de Respiratorio y nos quedamos solas, los rostros alegres de Gema y Gelen se transfiguraron por el desconsuelo, aunque en un arrebato de inocencia reímos al sabernos las tres mosqueteras en la aventura más peligrosa de nuestra propia existencia.

Las manecillas del reloj parecían quedarse inmóviles, pero el tratamiento hacía efecto y poco a poco las pequeñas miradas recobraron ese brillo que me llena de dicha. Allí viví la pesadilla de otras madres, que como yo, no podían conciliar el sueño,  el llanto conmovedor de muchos niños ante los estragos de la pandemia, y sobre todo, esa sensación que te congela la sangre al pensar que quizás no regreses a casa.

En medio de tantas horas de infortunio, nos hicieron un PCR; el proceso solo duró unos segundos y luego varios días a la espera. No albergaba esperanzas, pues sabíamos, por los síntomas, que la covid nos golpeaba. Escuchar la voz de los amigos y familiares me traían de regreso a la realidad, y aún en la distancia sentíamos el calor de sus abrazos. El desvelo y cuidado de los médicos y enfermeras fue también un aliciente inolvidable que aliviaba los dolores y nos ayudó a encontrar parte de esa tranquilidad que el espíritu había perdido. 

Cinco días bastaron para que mis niñas le ganaran la batalla al Sars-Cov-DOS; la felicidad me tomó por sorpresa una mañana de sábado, uno de esos días de luz que me mostró la salida de regreso de ese lugar oscuro en el que nos habíamos guardado como caracol. La gratitud es la memoria del corazón, es por ello que llevaré por siempre cosido en él, con letras muy grandes, el agradecimiento eterno a mi país, y especialmente a los ángeles de bata blanca que salvaron la vida de mis hijas.

Pero cuando todo iba bien, la covid-19 nuevamente me jugó una carta inesperada, pues yo no podía regresar al calor del hogar todavía, la enfermedad seguía conmigo y despedirme de lo que más quiero en el mundo fue lo más difícil que me ha deparado el destino. El centro de aislamiento del motel Oasis vendría a convertirse en testigo del resto de mis días con covid. Pero será otra historia. 

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2 thoughts on “Crónicas “positivas” (I)

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