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No era un espejismo, sino una dura realidad: estaba en el hospital de bajo riesgo del motel Oasis y este parecía un desierto. El movimiento de clientes y el bullicio que usualmente caracteriza a ese lugar había sido inundado por el silencio y la angustia de muchos pacientes. Llegué con el corazón oprimido, despedirme de mis “semillitas” fue muy difícil, el temor de no poder estrecharlas entre mis brazos me estremecía el alma. Allí respondí muchas interrogantes al doctor Esteban con la voz musitada por los nervios: inicio de síntomas, resultado del PCR y mi estado de salud, que poco a poco se debilitaba pues la covid-19 me había dado un certero golpe que me hacía cada vez más vulnerable.

Entonces encontré su mirada, que me hizo sentir protegida y me transmitió una sensación de fortaleza: allí estaba mi papá, enfermo también. Cuidaríamos uno del otro y haríamos crecer la esperanza de volver a casa. Nunca olvidaré su rostro al verme llegar aquel día.

Estaba tan serena como se podía estar en esas circunstancias, pero el amanecer me trajo una mala nueva: dejé de percibir el olor y el gusto a los alimentos; ya sabía que esto podía pasar, pero quizás fue su unión a los intensos dolores lo que casi me hizo perder la calma. Cuando llegó la hora del pase de visita descubrí, tras el traje de protección personal, una cara conocida, alguien con quien había conversado muchas horas y conocía su historia: el doctor Dalexis, protagonista de varias de mis crónicas periodísticas en tiempos de covid. Ese instante lo guardaré siempre como uno de esos minutos conmovedores que te permiten volver a la realidad y recordar que fuera del centro de aislamiento y de la enfermedad te espera una vida, una familia, muchos amigos y una profesión que te inspira a encontrar lo mejor de las personas.

Las horas eran interminables, las llamadas por teléfono de quienes sabemos que nos llevan en el corazón hacían grietas de luz en los minutos grises. El apoyo partía de los dos, mi padre y yo agradecíamos por estar juntos. En silencio, cada uno pensaba en algo que sabíamos que nos unía por el lazo inquebrantable de la sangre, nuestra familia, esas tres valientes guerreras que estaban en casa esperando por nuestros abrazos.

La habitación 23 era una burbuja de cristal en la que soñábamos con encuentros, risas, y sobre todo con continuar allí, en el mismo punto donde habíamos dejado detenida la línea de nuestra existencia. Solamente salíamos de nuestro ensimismamiento cuando escuchábamos el carrito donde los pantristas nos llevaban los alimentos. En ese segundo fugaz compartíamos con aquellas personas, siempre amables y preocupados por nuestro estado de salud, vínculos de afecto social, permitiendo que la estancia tuviera matices diferentes.

Ya iba ganando la batalla cuando casi el Sars-CoV-Dos me noquea con un acertado porrazo a las piernas y unas sudoraciones que me desfallecían. La preocupación aumentó, pero nuevamente los médicos y enfermeras hicieron valer su preparación y humanismo y las dolencias se aliviaron.

Cinco días lejos de las caricias de esas manitos pequeñas y de la ternura que me profesan hicieron que por fin la victoria fuera mía; el test rápido estaba negativo, ya no tenía covid. Agradecí a la medicina cubana, a esta Isla Bella por ser una de sus hijas y salí con una sonrisa escondida tras la mascarilla  como el ave fénix que resurge de las cenizas a vivir, simplemente a vivir.

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