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Este 12 de agosto se cumplirán 73 años de la aprobación de los Convenios de Ginebra, tratados que tuvieron como promotor el Comité Internacional de la Cruz Roja y las ideas de Henry Dunant, ya que estos se basan fundamentalmente en el respeto que se le debe a las personas y a su dignidad; refrendan el principio de la asistencia desinteresada y prestada sin discriminación, al hombre que, herido, prisionero o náufrago, sin defensa alguna, ya no es un enemigo, sino únicamente un ser que sufre.

Sin embargo, a pesar de la existencia de estos convenios en los tiempos actuales, es válido preguntarse por qué solo se escuchan las sirenas de la guerra y de la incomprensión cuando se pide a gritos la paz, que cada cual pueda vivir sin importar su nacionalidad, religión, color de la piel u orientación sexual sin temor a morir en la puerta de su casa o a sufrir vejaciones y que se cumplan con los derechos humanitarios, derechos que fueron creados para proteger el bien más preciado: la vida.

Sin embargo, a pesar de que la existencia de estos tratados y que la humanidad se enfrente a los desastres provocados por fenómenos naturales, pandemias como este nuevo coronavirus que hoy cobra vidas en el mundo, aún no ha podido liberarse del azote de la guerra, ni del caos y la violencia que se generan entre diferentes estados que se encuentra atravesando confrontaciones bélicas o de índole social y en los que su población resulta siempre la más afectada.

Ante esta cruda realidad, que se refleja en más de 60 conflictos internacionales, algunos ya olvidados y otros que tocan a la puerta del presente y del día a día en varios países con estallidos sociales que reclaman por la defensa de sus derechos elementales, como la salud, la educación, el empleo con un salario decoroso y la discriminación, entre otros, reciben como respuesta la represión con métodos en los que se olvidan que existen derechos humanos y que las principales víctimas son los civiles, personas vulnerables que han perdido sus únicas formas de lograr la supervivencia en sistemas en los que los ricos se obtienen más beneficios y los pobres más miseria. 

Y es que este siglo ha estado marcado por el aumento de refugiados y desplazados, hombres, mujeres, ancianos y niños que han dejado atrás su nación por el temor a perder la vida y para encontrar medios que le permitan mejorar de alguna forma.

La historia ha demostrado en más de una ocasión que existen dictadores, armas de destrucción masiva como las bombas atómicas que arrebatan ilusiones y logran que se sueñe alimentar las creencias de continuar existiendo y amar cada segundo  hasta con grullas de origami, como Sadako Sasaki; pero que también hay quienes que sienten suyos el dolor ajeno, que en su pensamiento se vislumbra la esperanza, la solidaridad y el cambio, es por ello que en este aniversario de la creación de los Tratados más universales del Derecho Internacional Humanitario es válido que cada cual valore lo que tiene, sea poco o mucho, viva en esta isla o fuera de ella, trate de construir un futuro mejor, incluso hasta ahora  cuando es necesario continuar con el distanciamiento social, mantener las medidas higiénicas y ocultar el rostro tras nasobuco en las aglomeraciones. tenga presente que vivir en paz no es solo lo que viene después del silencio de las armas.

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