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Las sonrisas, alegría y esos deseos de emprender retos y hacer realidad sueños los caracteriza. Cada jornada inundan las calles y con sus coloridos uniformes van regalando a los transeúntes un poco de esa frescura juvenil que nos hace pensar en esos tiempos dorados en los que fuimos estudiantes.

Son ellos, la nueva generación, que van camino a las aulas para desde allí forjar el futuro.  Cada día es una aventura porque adquieren nuevos conocimientos que le permitirán andar seguros por los senderos de la vida.

Las expectativas son muchas en esa edad maravillosa en la que las horas del día son cortas para tantas actividades planificadas, entre ellas las relacionadas con los lápices y cuadernos, los cuales se vuelven indispensables en su existencia y hacen posible que se tejan esperanzas y se hagan realidad ilusiones de todo tipo.

Estudiar no es solo aprender sobre fórmulas o ecuaciones; es también prepararse para que su voz se escuche en cualquier escenario, brindar una imagen de las cualidades morales de cada uno, tener la fuerza de empinarse y tocar el cielo con las ideas; es convertirse en mejores personas.

Los tiempos han cambiado y muchos dicen que la juventud está pérdida; realmente me animo a pensar que no es así, que algunos casos simplemente no han emprendido el camino correcto para conducirse o cumplir con ciertas normas de la sociedad.  Tal vez es que no han encontrado quién los guíe y les muestre que todo no es un juego fantasioso, al contrario, que la realidad demanda poner los pies firmes en la tierra y responsabilizarse por sus acciones.

En las aulas están los que emprenderán las aspiraciones y sueños, los futuros científicos, médicos, cosmonautas, obreros y presidentes. Además, si analizamos a profundidad el asunto es necesario tener presente que desde esos salones de clase salieron los muchachos y muchachas que actualmente nos representan en el parlamento cubano, que llevan en sus hombros el inmenso compromiso de desarrollar la economía del país y otros que con sus manos cultivan la tierra desde las diversas formas productivas.

Es de vital importancia reflexionar sobre este tema porque son los jóvenes, esos con los que nos encontramos cada mañana en las calles y a los que muchas veces les regalamos una sonrisa o un gesto de desaprobación por sus actos, pero que son también los que necesitan nuestro apoyo, buenos deseos y, sobre todo, comprensión para que junto a los que ya peinan canas y piensan diferente logren cambiar por otros vocablos más constructivos en su significado la trillada frase de “la juventud está perdida”.

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