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Mi primer desfile lo recuerdo con la inocencia de la niñez: tenía entonces cinco años y no comprendía porque mis padres me habían hecho levantarme tan temprano; algo de seguro iba a pasar porque en la sala de mi casa aparecieron de no sé qué lugar unos enormes carteles con dibujos grandes y una caja que a todas luces se asemejaba a un televisor, con botones y mando incluido.

Parecía que la cosa era en grande, porque mis vecinos, acostumbrados a estar despiertos hasta altas horas de la noche y levantarse tarde, ya se encontraban en pie y como pleno zafarrancho de combate. Hasta Yatnara, compañera de juegos y travesuras, me observaba extrañada por el borde del muro que separaba nuestras viviendas como interrogándome con su mirada.

Desfile del primero de mayo de 2018 en Banes. Fotos Mirelkis González Moscardón.

Camino en los hombros de mi padre a un sitio que me era familiar por ser el espacio más amplio del pueblo, tampoco me pasó desapercibido el ir y venir muchas personas, las cuales vestían en su mayoría de rojo, portaban todo tipo de artilugios de cartón, madera y otros materiales al tiempo que coreaban frases y consignas.

Era tanto mi desconcierto que mi madre, conocedora de las costumbres de su pequeña, afirmó que estábamos en una fiesta, una fiesta gigante donde se reúnen muchas personas para celebrar el Día Internacional de los Trabajadores.

Años después comprendería aquellas palabras que sobrevivieron el paso del tiempo en mi memoria, quizás  por lo especial de estas jornadas, que me hacen recordarla con tanto cariño.

Aprendí en mi etapa de estudiante que mucho que se tiene que celebrar porque en pocos lugares como en este país es el momento para que los obreros, sin distinción de raza ni credo, puedan marchar con una sonrisa en su rostro y llamar hermano al compañero de al lado sin ni siquiera conocerlo, que la alianza obrero campesina es un hecho y quienes arrancan a la tierra sus bondades de sol a sol también tienen mucho que contar a los intelectuales, ingenieros o médicos.

El primer día del quinto mes del año me enseñó que también es momento para compartir con aquellas personas que por la rutina diaria de la vida no vemos muy a menudo, en fin, que como dice mi abuelo con sus noventa años cumplidos y otros tantos primeros de mayo celebrados, es el día para que la gente común y de a pie se encuentren de nuevo. Y qué decir de la primera vez que desfilé como trabajadora, con sueldo incluido en mi bolsillo…

Por esa y otras muchas razones es que la historia se repite y ahora soy yo la que tiene que responder las interrogantes de mis mellizas de tres años con la esperanza de que en el futuro ellas puedan entender de que el Primero de Mayo es la fiesta de los trabajadores cubanos.

Tema del recién finalizado XXI Congreso de la Central de Trabajadore de Cuba (CTC)

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