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Ni el profesor más exigente pudo explicar en la universidad cómo sería la vida del periodista. Eso lo sabemos bien quienes ya hemos pasado el proceso de adaptación. No han faltado las novatadas y la risa inquisidora de los más veteranos en la redacción informativa, los errores de locución o el cambio de una palabra por otra, historia común que un día nos enfrío la sangre en una trasmisión en vivo, pues los nervios y el apuro no son buena medicina para esta profesión que demanda de mucho análisis, paciencia y el constante aprendizaje de todo cuanto nos rodea.

Ahora, al paso de los años, vienen a nuestra memoria esa primera entrevista en que tuvimos que disimular para que nuestro interlocutor no se percatara del temblor en las manos, la cual quedó mejor grabada en nuestra memoria que la voz del entrevistado. Paralelamente a nuestro quehacer en una emisora radial se fueron sumando las responsabilidades de la vida misma, la familia, los hijos que llegaron para acortar el poco tiempo que teníamos para investigar, así como las limitaciones de la técnica, que no siempre nos acompañaba en nuestras incursiones, pues con conocimiento de causa digo que duele más una grabación con ruido que el pinchazo de una planta espinosa.

Así cambiaron los días por largas noches en las que se emborronaron cientos de hojas y fueron consumidos muchas tazas de café para combatir el sueño y llevar el pedido de una crónica, un reportaje o simplemente hacer realidad el trabajo periodístico que nos vino a la mente gracias a la musa. Todos estos avatares no se comparan con la felicidad de hacer bien las cosas, de recibir el reconocimiento de la abuelita que vio resuelto su problema por la gestión del periodista, o disfrutar de la remodelación del parque que, gracias a valoraciones críticas, largas reuniones y cuestionamientos, hicieron florecer las soluciones.

Muchas cosas hoy no fueran como son si en mi primer día de universidad mis profesores me hubiesen informado pormenores como que este no es el trabajo mejor pagado, que enfrentaría muchas incomprensiones y hasta peligros de contagiarme de una mortal pandemia, que la vida del periodista no resulta fácil, pero, en fin, quizás a estas horas fuera mejor o peor profesional, pero eso sí, la decisión de ser periodista sería igual.

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